Grande era, sin duda, el celo con que los próceres de uno y otro reino acudían a sus soberanos en las guerras contra los infieles; pero tal vez se mostraban aún más serviciales en tratándose de hostilizarse las potencias cristianas entre sí; y estas luchas, que prolongaron la dominación de los árabes en la península, hubieran podido tal vez perpetuarla si los sumos pontífices, usando de sus facultades espirituales y de la influencia temporal que en aquella época tenían, no las hubieran casi siempre terminado, haciendo aliarse a las dos partes beligerantes contra el común enemigo.

Pero volviendo a nuestro propósito, diremos que los magnates aragoneses se apresuraban a porfía en reunir el mayor número de soldados posible para ayudar a su rey a reparar su honor mancillado.

Los caminos se veían cubiertos de soldados y capitanes que de todos los dominios de Aragón marchaban a Soria acudiendo al llamamiento del rey, y los miserables labradores sufrían todo género de vejaciones y malos tratos, en tanto que Alfonso no descuidaba ninguno de los medios necesarios para salir bien de su empresa.

Los días que hubo de estar en Soria, esperando los soldados de sus vasallos, calmaron algún tanto el primer arrebato de la cólera, y las reflexiones políticas sucedieron a las acaloradas sugestiones del amor propio ofendido. Su única mira, cuando siendo todavía príncipe se casó con doña Urraca, era la de reunir en su cabeza las coronas de la mayor parte de los reinos de España; y por esta razón prescindió del carácter de su esposa, de que estaba informado de antemano, y del parentesco que con ella tenía, el cual aunque lejano era sin embargo bastante entonces para impedir el matrimonio y aun para disolverlo después de hecho, como sucedía con frecuencia en casos semejantes. Convencido, pues, de que, aunque empleando la fuerza, era indudable que Castilla, dividida en bandos y con la mayor parte de las fortalezas en su poder, habría de sucumbir; sin embargo sería peligroso hostigar a los irritables castellanos, que en último recurso podrían acudir al papa para que anulase su matrimonio, con lo que perdería todo derecho a aquella corona: resolvió entablar algunas negociaciones antes de empezar las hostilidades. Mas la suerte, empeñada en protegerle, dispuso las cosas aun mejor de lo que él mismo podía esperar.

Así que faltó de Burgos un hombre a quien todos respetaban y temían, como era el conde de Candespina, pareció a los habitantes de aquella ciudad que estaban ya en libertad para discurrir y obrar según creyesen conveniente. Es cierto que don Diego López y Hernando de Olea habían quedado en guarda de la reina; pero desgraciadamente no había quien ignorase que nada era más fácil que sorprender y engañar a aquellos dos excelentes soldados y pésimos cortesanos.

Don García, obispo de Burgos, prelado de costumbres irreprensibles, y tan celoso por la grey que estaba a su cargo como vasallo fiel y patriota decidido, fue desterrado de su diócesis por haber representado al rey don Alfonso de Aragón sobre la violenta medida que este tomó, despojando de sus alcaidías a los caballeros castellanos de más nota, y sustituyéndoles aragoneses o bien naturales del país tachados de poco patriotismo. Algunos individuos del cabildo sintieron la tiranía que se usaba con su prelado, pero siendo en corto número, y atemorizados con el ejemplar mismo que tenían a la vista, no se atrevieron a manifestar su opinión, y hubieron de seguir la de la mayoría, que como de ordinario sucede, se inclinaba al partido vencedor. Los gobernadores, pues, del obispado eran canónigos conocidos por su inclinación a los aragoneses, y obraban en todo de acuerdo con el alcaide de Burgos don Álvar Fáñez, uno de los más celosos partidarios de don Alfonso; pero hallándose sin fuerzas con que contrarrestar las de don Diego López, se decidió este caballero a esperar la resolución del conde don Pedro Ansúrez, señor de Valladolid, a quien dio aviso de lo que ocurría así que tuvo noticia de la llegada de la reina. El conde don Pedro, que era una de las personas de más nombradía en Castilla, había pasado su juventud, como todas los grandes de su tiempo, en el ejercicio de las armas; pero su inclinación le llamaba más a los negocios políticos que al manejo de la lanza. El padre de doña Urraca, apreciando sus talentos, le nombró ayo o amo, como entonces se llamaba, de su hija, y el conde gozó siempre de mucho favor con esta princesa hasta que, habiéndose declarado por el rey de Aragón, cayó de su gracia, según ya hemos dicho. Estaba pues el de Ansúrez ligado enteramente con los enemigos de su discípula: el engrandecimiento de esta no podía menos de producir su ruina, y así no es de extrañar se afanase tanto para cortar aquel mal en su origen que se hallara en Burgos cuatro días después de haber llegado allí la reina.

Se alojó para mayor seguridad en el palacio episcopal, y después de una larga conferencia en la cual dio a Álvar Fáñez todas las instrucciones que creyó necesarias, le previno que para aquella noche y hora de las doce de ella, convocase secretamente a los principales de entre los partidarios que tenían en el pueblo. No faltó ninguno de los llamados, que serían más de cuarenta; tal era el respeto y veneración con que miraban a su alcaide, quien dispuso que la junta se verificase en la capilla del palacio. Reunidos ya los caballeros, un canónigo celebró, dada la media noche, una misa rezada para implorar las luces del Espíritu Santo; y terminado aquel acto religioso, dio a todos los circunstantes su bendición.

Así que el celebrante hubo desnudado las vestiduras con que había oficiado el Santo Sacrificio, habló de esta manera el alcaide:

—Extraño debe pareceros, nobles señores, que en hora tan desusada os haya convocado para este sitio; pero la confianza con que me habéis honrado, viniendo a él con tanta puntualidad, es una prueba de amor que nunca olvidaré. El único objeto, señores, de todas mis acciones es cumplir la fe prometida a nuestro soberano, y alejar de mi patria los males de la horrorosa guerra que la amenaza: si lo consigo, nada me queda que desear. Ahora, señores, escuchad al muy ilustre conde don Pedro Ansúrez, quien tiene que comunicaros cosas de no poca importancia.

—Caballeros —dijo don Pedro—, el honor castellano está ofendido: un conde osado y presuntuoso se ha atrevido a faltar a la obediencia debida a su rey; y vuestro silencio, vuestra ciega sumisión a sus órdenes os hacen cómplices en su delito. ¿Quién de vosotros, infanzones de Castilla, quién es el que no ha hecho pleitesía y rendido vasallaje a don Alfonso de Aragón? Ninguno. ¿Y porque haya adquirido sus derechos al trono de Castilla casándose con doña Urraca, por ventura habrá de perderlos siempre que esta lo quiera así? No creo, cababalleros, que haya aquí quien tal piense. En tanto que el Santo Padre, por justa causa, no os declare libres de vuestros juramentos, sois vasallos de don Alfonso y traidores negándole la obediencia. La sorpresa del primer momento puede disculpar lo que hasta aquí se ha hecho; pero pasar más adelante sería no solo criminal sino temerario. ¿Qué fuerzas opondréis a las del rey de Aragón? ¿Cómo resistiréis el ímpetu violento de su venganza?... Nadie me responde. La verdad ha penetrado en vuestros corazones. ¿Estáis prontos a volver a someteros a vuestro rey?