—Sí —contestaron unánimemente—; sí, conde; hablad y decidnos qué hemos de hacer.
Este era el punto al cual quería el conde traer los ánimos, y ni un momento había dudado conseguirlo, pues conocía perfectamente que todas las circunstancias le favorecían. No molestaremos la atención de nuestros lectores refiriéndoles prolijamente los pormenores de la conferencia de aquellos magnates: lo que les importa saber es que decidieron que a toda costa y aun usando de la fuerza, si las circunstancias lo exigían, pondrían a la reina en poder de su marido; suplicando al mismo tiempo a este la tratase con más suavidad que hasta entonces lo había hecho.
Hubo quien propuso hacer entrar en la conjuración a don Diego López; mas el conde, que le conocía bien, se opuso a que se tratara de semejante cosa, diciendo que el señor de Nájara era hombre que no se volvería atrás de lo que una vez había prometido, aunque para conseguirlo se levantase su mismo padre del sepulcro.
—Otros medios —concluyó—, se nos presentarán más arriesgados tal vez; pero que Dios mediante y nuestra diligencia producirán el éxito que deseamos. Separémonos, caballeros, antes que venga el alba y nos descubra; yo os prometo que no tardaréis en tener noticias mías.
De este modo las armas de Aragón por un lado, y por otro los escrúpulos o la debilidad de sus vasallos amenazaban a un mismo tiempo a doña Urraca, quien en todo pensaba menos en la tempestad pronta a descargar sobre su cabeza.
CAPÍTULO VII
Sucedíanse en el alcázar de Burgos festines a festines: solo se pensaba en diversiones, y hubiera sido difícil adivinar por las apariencias la precaria y efímera existencia de la dominación de doña Urraca.
Los mismos que secretamente conspiraban contra la reina, eran los primeros en aprovecharse de sus indiscretas liberalidades, y en mostrarse oficiosos en inventar nuevos placeres, para ocultar así mejor sus proyectos y disipar toda sospecha; la reina veía con placer su mentido celo, y casi no echaba de menos la presencia del conde de Candespina.
Hernando de Olea y el señor de Nájara, dejándose arrastrar de la corriente, también pensaban más en solazarse que en otra cosa; y así eran de poquísimo estorbo para sus contrarios.