En particular Hernando, que por la parte que tuvo en el suceso del Castellar gozaba de gran favor con la reina y andaba siempre a su inmediación, con la vista y el frecuente trato de doña Leonor de Guzmán empezó a conocer que no era tan insensible como creía a los encantos del bello sexo. Hasta entonces había mirado siempre con repugnancia, y acaso con horror, la vida afeminada de la corte, y desdeñado acomodarse a los modales de los palaciegos, a quienes despreciaba; pero el deseo de agradar a doña Leonor le hizo vencerse e imitar lo que veía. De aquí resultaba un contraste singular y casi ridículo en todas sus acciones y palabras; pues a pesar de sus esfuerzos, le era imposible reprimir en algunas ocasiones su natural impetuosidad, y dejar de producirse con la aspereza y energía que le eran propias. Mas a pesar de que por esta parte el pobre Hernando no presentaba el aspecto más propio para agradar, sin embargo su figura colosal y bien proporcionada, su rostro hermoso aunque guerrero y la fama de sus hazañas eran con una dama de aquellos tiempos recomendaciones suficientes para no despreciar enteramente la ofrenda de su corazón. Doña Leonor, pues, vio con cierta complacencia la naciente inclinación del de Olea, y se condujo con toda la maestría propia de una mujer de talento y cortesana.
En tanto que el amor y los placeres reinaban en la capital de Castilla, el conde de Candespina no perdonaba medio ni fatiga para levantar sus tropas y las de sus amigos: pasaba el día expidiendo correos con avisos a los señores en quienes tenía más confianza, y órdenes para sus vasallos; y la noche escribiendo las cartas que debía enviar al siguiente día.
Él mismo no permanecía cuarenta y ocho horas en un paraje; corría todas las villas, lugares y alquerías de sus dominios: a unos amenazaba; a otros persuadía con el halago; a este le exigía caballos, al otro armas, al de más allá su persona; y, por último, todo lo ponía en contribución para lograr prontamente su objeto.
Entre los señores a quienes envió a pedir socorro citaremos como más principales a Íñigo Jiménez, que gobernaba en Calahorra y ambos Cameros, Garci López en Tobía y Marañón, y señaladamente al conde don Pedro González, señor de Lara, de Medina, Mormojón, Dueñas y Tariego, quien tanto por lo ilustre de su linaje, que es uno de los cinco grandes solares de Castilla, cuanto por su riqueza y fama, era tenido en grande estima y valía en aquella época.
Los que hemos nombrado, y algunos otros que omitimos en obsequio de la brevedad, se decidieron desde luego en favor de la reina, porque les era muy pesada la dominación del de Aragón, y confiaban en sus riquezas y vasallos, que capitaneados por el conde de Candespina, podrían resistir y acaso vencer a don Alfonso. Por el contrario, los que compusieron la junta de Burgos, eran todos caballeros cortesanos, mejor avenidos con los festines y torneos que con el rigor de los combates, y que preferían vivir pacífica y sosegadamente bajo el gobierno de un extraño a exponerse a los riesgos de la guerra, irritando a un monarca tan poderoso y esforzado como el de Aragón.
Así se pasaron algunos días, hasta uno en que ya cansada doña Urraca de las diversiones de la capital, dispuso salir a caza con todo el aparato correspondiente. La corte entera se puso en movimiento: todos los caballeros apercibían sus caballos y perros, y los monteros se desafiaban unos a otros sobre quién haría alarde de más destreza y fuerza en la próxima cacería; diversión en aquellos tiempos propia solo de los príncipes y grandes señores, quienes no perdonaban gastos para hacerla con toda la ostentación posible. Las damas, que a caballo asistían también a amenizar el espectáculo, se esmeraban en los vestidos y sombrerillos, procurando cada una sobrepujar a las demás en gala y bizarría; y la reina, no menos que las otras, se ocupaba también en sus adornos, con el mismo ahínco, o acaso más, que hubiera podido hacerlo en el negocio de estado de la mayor importancia.
Llegó por fin el día señalado, y desde antes del amanecer empezaron a oírse los ladridos de los lebreles, el relinchar de los caballos y el alegre son de las cornamusas.
Caballeros y damas, todos con vestidos de fondo verde, con adornos y plumas de diferentes colores, conforme al gusto e inclinaciones de cada uno, se reunieron en el alcázar para acompañar a la reina, quien no tardó en presentarse tan bizarra con su vestido de caza que excitó un murmullo general de admiración en los cortesanos, pues, para no faltar a la verdad, nos es preciso decir que según la crónica no bastó su alta dignidad a ponerla a cubierto de las críticas observaciones de las señoras de Castilla. Quién de estas hallaba el vestido muy largo; quién muy corto; una sobrecargado de adornos al paso que a otra le parecía harto pobre; esta decía que el color era poco a propósito para favorecer el rostro de la reina, y aquella que las plumas de la gorra o sombrerillo eran demasiadas: en resumen, desde la punta del calzado hasta el último adorno de la cabeza de la reina sufrieron el más severo de los exámenes. Todo esto debe entenderse en voz baja, y con el suficiente recato para no ser oídas de doña Urraca, pues a su presencia o callaban o se deshacían en elogios bien poco sinceros. Los de los hombres lo eran más, y tal vez por esta causa crecía el descontento de aquellas damas, porque sabido es que no pueden perdonar que otra mujer parezca bien a su amante estando ellas presentes, aunque sea una reina. Una sola entre todas no tuvo motivo de queja, porque su amante, enteramente ocupado en contemplarla, no hizo siquiera reparo en la reina, y esta fue doña Leonor, de quien Hernando estaba cada día más prendado; verdad es que también el primer cuidado de la camarera, cuando entró en el salón acompañando a su señora, fue buscar a Hernando para ver qué efecto le hacían sus gracias en aquel nuevo traje, y como le halló con los ojos clavados en ella, en la actitud de un hombre que está en éxtasis, no pudo menos de ruborizarse; pero quedando al mismo tiempo muy satisfecha interiormente.
Lucidísima fue la comitiva que salió de Burgos con la reina, y todos con gran júbilo y algazara (en cuanto lo permitía la presencia de doña Urraca) se dirigieron a Vivar, aldea de la montaña, célebre por haber dado su nombre al Cid Campeador, en la cual debía darse principio a la montería. Hallábase en ella preparado el desayuno para la reina y las personas de más cuenta en un magnífico pabellón arabesco, dispuesto con el mayor gusto, y para la generalidad de los cazadores en el campo mismo. Oíanse entre tanto los gritos de los ojeadores que de gran distancia venían estrechando su círculo para reunir las reses en un corto espacio de terreno; y los bramidos de las acosadas fieras hacían resonar los ecos de las profundas cavernas de los montes.
Pocas serían las damas de nuestro siglo a quienes la idea sola de presenciar la caza de jabalíes no asustase, pues en cuanto a encontrar una que quisiera tomar un venablo y atacar a la fiera, aun cuando otras heridas la hubiesen ya postrado, la empresa nos parece tan difícil que raya en lo imposible.