Sin embargo, el mismo clima, la misma tierra habitaban las españolas del siglo XII que las del XIX.

Pero tal es la fuerza de la costumbre o, por mejor decir, de la educación, que llega a veces a hacerse superior a la misma naturaleza. Nuestra augusta cazadora fue la primera a apresurar el momento de dar principio a la diversión, y en el transcurso de aquel día dio varias pruebas de valor y destreza, que la atrajeron no pocos vítores y aplausos de sus vasallos. La mañana se dedicó enteramente a hacer la guerra a los jabalíes, y la tarde se destinó contra los ciervos, por ser caza que podía hacerse a caballo. Excusado será decir que doña Leonor no se apartó ni un momento de la reina, y que Diego López y Hernando de Olea, como encargados de su guarda, tampoco la perdieron de vista. En particular este último, que iba encontrando mucho placer en su encargo, siempre tenía un pretexto para estar más próximo a la camarera que a la reina: ya era que respetaba demasiado a doña Urraca para entablar conversación con ella, o que aquel honor era debido más bien a don Diego que a él. En resumen, el amor, como todas las pasiones, era en él dominante, exclusivo e incapaz de ocultarse, y si hubiera encontrado expresiones a propósito con que declararse, es indudable que lo hubiera hecho al momento.

Habíase ya puesto el sol e iba a terminarse la cacería con la muerte de un desdichado ciervo, a quien los perros acosaban muy de cerca, cuando hallándose en lo más intrincado del monte la reina con su camarera, el señor de Nájara, Hernando y un corto número de personas de la comitiva, se aparecieron de repente y como por ensalmo a alguna distancia, una porción de hombres que más que tales parecían fieras. Vestían una especie de calzón de piel de oso hasta media pierna; una túnica o pellico de lo mismo les cubría desde los hombros hasta las rodillas; media cara iba oculta con un antifaz también de piel, y su calzado eran unas abarcas del mismo material. Defendíales la cabeza un casquete de red de hierro, y sus armas consistían en una espada, un chuzo y tres o cuatro dardos arrojadizos.

—Jesús sea conmigo —exclamó doña Leonor deteniendo al mismo tiempo su caballo.

—¿Qué es eso, Leonor? —preguntó la reina haciendo lo mismo.

—Mire Vuestra Alteza aquellas visiones —contestó aquella.

Y don Diego López la atajó, diciendo:

—O yo me engaño o aquellos son almogávares.

—No os engañáis, don Diego, ellos son; conozco a esos montañeses perfectamente, y a fe, a fe, que no sé qué querrán en Castilla esas aves de rapiña naturales de la corona de Aragón —añadió Hernando.

La reina, que ya empezaba a sobresaltarse, mandó que inmediatamente se le explicase qué gente era aquella, a lo cual Hernando satisfizo diciendo que los almogávares eran una tribu oriunda de los Pirineos, que servía a los reyes de Aragón en calidad de tropas ligeras, y que cuando este príncipe no los tenía empleados, se ocupaban en talar las tierras de los moros, y aun las de los cristianos si a mano les venía.