—Me parece —dijo Leonor— que sería prudente que Vuestra Alteza se retirase.
—¿Y por qué, señora? —preguntó el de Olea—: somos cinco caballeros...
—Lo erais —interrumpió la reina, advirtiendo entonces que durante su conversación habían desaparecido los caballeros de Burgos que la seguían.
—Tiene Vuestra Alteza razón —repuso el de Nájara—: solos hemos quedado este caballero y yo.
—Bastantes somos —contestó Hernando.
—Estáis desarmados —exclamó la reina, pálida ya de temor como un cadáver—. Volvamos atrás.
Sea que doña Urraca se hubiera adelantado demasiado a sus cortesanos en el ardor de la caza, sea que estos se hubiesen ido retrasando casualmente o de intento, lo cierto es que en el momento crítico de que hablamos ni aun se alcanzaban a oír las voces de los monteros, y solo se percibía confusamente el agudo sonido de la cornamusa.
Por más valientes que fuesen Diego López y Hernando de Olea, no era posible, a menos de estar locos, que apeteciesen entrar en combate con cerca de veinte hombres (que tal era poco más o menos el número de los que vieron desde luego) hallándose sin más armas que su espada, cuchillo de monte y venablos, y cubiertos del simple vestido de paño verde; y así es que cedieron sin repugnancia a la proposición de la reina, y volvieron la espalda a los almogávares que ya se les habían acercado a tiro de piedra.
¿Pero cuál fue la sorpresa de los caballeros y el pánico terror de las damas, cuando al emprender su retirada vieron que les interceptaban el paso otros tantos o más montañeses que los que tenían por delante?
—Que me maten —dijo el señor de Nájara— si no estamos cercados por estos salteadores de profesión.