—Dos mil diablos sean con ellos y toda su casta —añadió el de Olea echando mano a la espada—: solo nos queda este camino.
—Y nosotras —exclamó la reina—, ¿qué hemos de hacer?
—Caballeros —dijo doña Leonor, dirigiéndose particularmente a Hernando—, reflexionad lo que vais a hacer; la menor provocación de vuestra parte a esos miserables, puede costarnos a todos las vidas.
—Antes morderán el polvo algunos de ellos —respondió furioso el amigo de Candespina.
—¿Y eso podrá resucitarnos? —preguntó doña Urraca—: os prohíbo sacar la espada sin orden mía.
No tuvo tiempo de decir más, porque los almogávares, que por todas partes se habían ido presentando, después de formar un círculo en torno de los acuitados cazadores, fueron estrechándolo sucesivamente hasta acercarse tanto a ellos que podían oír perfectamente su conversación.
La reina entonces, sacando fuerzas de flaqueza, animada tal vez con el mismo peligro, se dirigió a ellos, mandándoles que dejaran paso franco a la reina de Castilla. En vez de responderla como era debido, uno de aquellos salvajes, con voz bronca y desentonada le preguntó:
—¿Sou vos la reina?
—Yo soy, villanos, apartaos y dejadme paso.
—No pot sé —contestó el mismo montañés; y dando un agudo silbido se arrojaron todos sus compañeros sobre doña Urraca y su escasa comitiva, sin dar tiempo a los dos caballeros para hacer uso de sus armas; si bien es verdad que no anduvieron bastante ligeros para evitar que Hernando atravesase a uno de parte a parte con su venablo.