Un grito que dieron la reina y su camarera fue el único que interrumpió el silencio de aquella extraña y desventurada escena. Los almogávares parecían mudos, y ni López ni Olea estaban para conversaciones.

Doña Urraca y Leonor, a quienes se mandó expresamente quitarse el calzado, lo hicieron por no exponerse a que lo ejecutasen por sí mismos sus bárbaros enemigos, y en seguida hubieron de ponerse uno igual al de estos, y una túnica de piel que no se diferenciaba de la de los montañeses en otra cosa más que en la longitud, pues las cubría desde los hombros hasta un poco más abajo de media pierna; y a más tuvieron que quitarse los sombrerillos y dejar el pelo suelto sin tocado alguno.

También al señor de Nájara y a Hernando les obligaron a vestir un traje igual al suyo, contentándose con exigir al primero su palabra de honor y fe de caballero de que no se escaparía ni pronunciaría en todo el camino una sola palabra, sin permiso del que parecía ser el capitán de aquella banda; la misma proposición hicieron al segundo, pero él, furioso, se negó a todo, por lo cual le maniataron y pusieron un lienzo en la boca.

Lloraban doña Urraca y Leonor; Diego López cabizbajo y mudo, parecía como enajenado; y a través de la especie de mordaza que llevaba el pobre Hernando se hubiera creído oír las maldiciones que echaba a la suerte, no tanto por su desgracia, cuanto por la de la señora de sus pensamientos. Tal era la situación de la que un cuarto de hora antes se creía señora de Castilla, y la de sus cortesanos más favorecidos.

CAPÍTULO VIII

Si hemos conseguido inspirar con esta narración algún interés a nuestros lectores, sin duda recordarán la junta de los caballeros burgaleses en el palacio episcopal, y que se separaron, tomando el conde don Pedro Ansúrez a su cargo proponer los medios para devolver a don Alfonso su fugitiva esposa.

No ignoraba el conde que, a pesar de la decisión que todos manifestaron de usar de la fuerza cuando no hubiese otro arbitrio para conseguir su fin, no podía sin embargo contar con el más exacto cumplimiento de tal oferta; pues el motivo más poderoso que la mayor parte de aquellos nobles había tenido para unírsele era el deseo de evitar una guerra. Esta consideración fue la base de su conducta. Salió pues de Burgos para Soria el día inmediato al de la junta; avistose con don Alfonso, y de acuerdo con él, dispuso que una tropa de almogávares fuese con todo secreto y celeridad a situarse en las montañas vecinas a la capital de Castilla. Desde luego era de presumir que la reina no dejaría de visitar los alrededores de la corte; y por otra parte contando, como el conde contaba, con muchos partidarios en el mismo alcázar, le era fácil disponer por sí mismo la ocasión que deseaba. En efecto, algunos cortesanos de la facción aragonesa en el fondo, aunque en la apariencia adictos a doña Urraca, manifestando no temer ningún peligro, y bajo pretexto de despreciar a los enemigos, eran los que más fomentaban las intempestivas fiestas que se dieron en Burgos, y por último, promovieron la cacería que tan cara costó a la reina.

Los almogávares, entre los cuales, y con su mismo traje se mezclaron por precaución algunos caballeros aragoneses, recibieron las más estrechas órdenes de no ofender en su persona a la reina ni a ninguno de los individuos de su comitiva, a menos que las circunstancias hiciesen absolutamente indispensable usar de la fuerza; pues el prudente Ansúrez no quería tampoco enconar los ánimos contra sí, ni hacerse enemigos particulares por si los tiempos mudaban. A esto debió sin duda Hernando de Olea que los feroces montañeses no vengaran cruelmente la pérdida del compañero que les mató con su venablo, y, para decir lo cierto, el origen de su impunidad fue más bien que los caballeros aragoneses disfrazados de almogávares se interpusieron entre él y los camaradas del muerto, que no el respeto de estos a sus promesas. Como quiera que sea, luego que los prisioneros hubieron vestido el traje de sus vencedores, precaución que se adoptó para que en caso de encontrar en el camino con algún destacamento de las tropas del conde de Candespina o sus parciales no fuesen conocidos, se pusieron en marcha, montadas las señoras y a pie los demás, y caminaron con una celeridad increíble. Diego López y Hernando de Olea eran hombres acostumbrados a todo género de fatigas; pero apenas podían seguir a sus conductores, que trepaban por las breñas con la misma ligereza que hubiera podido hacerlo la más suelta cabra. Tres o cuatro leguas andarían aquella noche, siempre por la sierra, sin seguir ninguna vereda, y por parajes en donde apenas podían sentar el pie los caballos de Doña Urraca y Leonor. Tan pronto atravesaban un torrente como veían a sus pies un horroroso precipicio, y más allá se metían en un angosto y profundo desfiladero. La noche era oscura; desde el principio de ella empezaron a amontonarse las nubes; y por fin descargó sobre los desgraciados presos una horrible tempestad.

Que el lector se imagine ahora la situación de una reina de Castilla en medio de un despoblado, cautiva en poder de unos bandidos y expuesta al furor de los elementos que también parecían conjurarse en su daño, y decida si con razón iba entre sí lamentándose de su suerte que ni suspirar la dejaba libremente; pues tal era el temor que tenía de contravenir a las órdenes de los almogávares que no profería ni un ay. Los montañeses, gente familiarizada con semejantes escenas, no parecían inquietarse por nada de cuanto sucedía, y según el tono con que hablaban podían los prisioneros creer que iban contentos; porque en cuanto a su conversación, que toda era en el dialecto catalán, nada entendían de ella.