Por fin, después de bastantes horas de camino y sereno ya el cielo, llegaron a una pequeña aldea en donde estaba el conde don Pedro Ansúrez con varios señores aragoneses, algunos de sus parciales y una respetable escolta de hombres de armas. Aunque no se presentó aquella noche a la reina, dispuso que se alojara esta señora en la casa más cómoda que había en el pueblo, hizo que se la diesen vestidos correspondientes a su clase y que se tuvieran con ella y su camarera las mayores consideraciones: mas no por esto descuidó el asegurarse de su persona rodeando el alojamiento de soldados que a nadie permitían entrar ni salir en él sin una contraseña especial del conde.
En cuanto a Diego López y Hernando de Olea, se les depositó en las casas capitulares bajo la competente guarda, tratándoles en lo demás con todo decoro.
Decir que ni la reina, ni Leonor, a quienes no se separó, no pensaron siquiera en dormir aquella noche, sería excusado, pues es fácil de presumir que su extremada agitación no se lo permitió. Una y otra pasaron la noche tan pronto lamentando su mala suerte como haciendo conjeturas sobre lo futuro, o recordando con dolor los breves instantes de la dicha pasada. Amaneció por fin, y a poco un gentil hombre del conde Ansúrez se presentó a pedir a la reina audiencia para su señor.
—Decid al conde —contestó doña Urraca— que una prisionera como yo, una persona a quien se prende en medio de un monte como a un vil salteador, no tiene voluntad; y así puede venir o no venir según sea su gusto.
—Crea Vuestra Alteza —replicó el mensajero— que el conde mi señor...
—Es un traidor.
—¡Señora!
—Hidalgo, si os merece alguna consideración la hija de Alfonso VII de Castilla, idos en buen hora y no abuséis de mi paciencia.
—Obedezco.
Y fuese a dar su respuesta al conde, quien oyéndola exclamó: