—Es natural: no esperaba yo menos de su colérica condición; pero no importa, es preciso que yo la vea.

Resuelto, pues, a sufrir con paciencia la descarga de injurias que indudablemente iba a caer sobre él, no dejó pasar muchos instantes sin presentarse en la habitación de doña Urraca, y entró en ella con un aire de respeto y sumisión que a cualquiera que ignorase lo ocurrido hubiera hecho creer que la reina no tenía vasallo más dispuesto a obedecerla que él.

La reina le miró con un ceño capaz de desconcertar a cualquier otro, mas él, sin turbarse, hincó una rodilla ante su señora, diciendo:

—Vuestra Alteza tiene a sus pies...

—Al que fue mi ayo en la niñez, al que debía ser ahora mi vasallo y es un vil instrumento de mi mayor enemigo.

—Señora —continuó el conde sin alterarse—, las apariencias pueden condenarme...

—¿Las apariencias no más? —interrumpió furiosa la reina—. Decid, pues, conde vil, mal caballero, vasallo desleal, decid: ¿Quién me arrancó de mi corte? ¿Quién me puso en manos de esos miserables que me han conducido hasta aquí?

—Alfonso de Aragón —contestó el conde dejando la humilde postura en que había permanecido hasta aquel momento, pero conservando siempre su tono respetuoso—, un esposo, señora, es quien os ha traído aquí, no yo.

—¿Mi esposo? Contará sin duda añadir este triunfo a sus hazañas: este nuevo florón a su corona imperial.

—Vuestra Alteza desconoce las verdaderas intenciones de don Alfonso: yo, a quien honra con su confianza...