—Y la merecéis. Sería injusto si no os la diese: por él abandonáis a vuestra reina; por él sacrificáis la infeliz Castilla a sus ambiciosas miras; por él mancilláis el honor de los infanzones... Conde, concluyamos; vuestra presencia me es odiosa, no puedo menos de miraros como a un verdugo vendido a mis enemigos. Decid pronto lo que os hayan mandado. ¿Qué nueva prisión es la que me destinan?
—Lejos, señora, de preparar a Vuestra Alteza prisión ninguna, deseoso el rey de Aragón de reparar la dureza...
—La crueldad, diréis mejor.
—Sea como Vuestra Alteza quiera, lo cierto es que el rey don Alfonso no trata de aprisionaros de nuevo. Quiere que su esposa vuelva a ser el ornato de su corte; quiere que reine entre él y doña Urraca la armonía que nunca hubiera debido interrumpirse. ¿Quién con más derecho que yo, que he dirigido los primeros pasos de Vuestra Alteza, y que me glorío de haberla servido desde que nació, podría encargarse de esta reconciliación? Vuestra Alteza está ofendida, y me ha llenado de injurias que pocos de mis iguales tolerarían: yo las olvido. Solo suplico, puesto de nuevo a los pies de mi reina, que cediendo por su propio interés a mis consejos, prescinda de los medios que para evitar mayores males ha sido preciso emplear para sacarla de Burgos, y que depuesto todo rencor se reconcilie de buena fe con su esposo. Estos, señora, son mis deseos; y si para satisfacción de Vuestra Alteza es necesaria mi vida, pronto estoy a sacrificarla.
—Hubo un tiempo, conde —respondió sosegadamente la reina—, en que pude creeros sincero. Hoy vuestras mañosas palabras no lograrán convencerme. Sin embargo, aún os queda un medio de justificaros. Escuchadme atentamente, don Pedro: entre Alfonso y yo no puede haber nunca paz mientras vivamos unidos; y tengo motivos de creer que no está lejos el momento de separarnos para siempre. Si queréis pues cumplir con vuestra obligación, volvedme a Burgos.
—Imposible, señora; mis juramentos me lo prohíben, y aun cuando yo quisiera...
—Basta: retiraos, y sabed que no debéis esperar más de mí que lo que como prisionera no pueda negaros.
—¡Señora!...
—Retiraos digo; Leonor: esta es la nobleza de Castilla.
—¡Ah, señora! —dijo la camarera luego que el conde salió—, no todos son como ese pérfido.