Diversos eran los pareceres en el consejo de Alfonso sobre la suerte que debía caber a los dos nobles cautivos: los aragoneses que eran más encarnizados enemigos de Castilla y aquellos castellanos que habiéndose ya comprometido en el partido del de Aragón solo podían esperar salud en el triunfo de este opinaban que se les decapitara, cosa, decían, que el rey puede hacer sin escándalo, pues han sido rebeldes al que como esposo de doña Urraca es su legítimo soberano; emitiendo el mismo principio, pero siendo más generosos y tal vez más políticos, otros caballeros de Aragón decían qué aun cuando Su Alteza podía legalmente hacerlos castigar como traidores, sin embargo era más conforme a su grandeza y magnanimidad, y más conveniente a sus mismos intereses, no usar con ellos de todo el rigor de su justicia, pues por más que fuese merecido aquel castigo, siempre sería muy pesado para la grandeza de Castilla ver que el rey de Aragón trataba así a dos de sus miembros. Quien tenía la balanza en aquel negocio, como privado del rey, era don Pedro Ansúrez, y este era demasiado prudente y astuto para dar un paso de tal importancia, ya que para siempre le cerraría la entrada de Castilla, si triunfaba el partido de la reina, al haber tomado parte en la ejecución de Hernando y de don Diego, quienes en su prisión ignoraban absolutamente cuanto sobre ellos se trataba.

El paciente don Diego López llevaba con resignación aquella calamidad, contentándose con rogar a Dios le sacase de ella; mas el iracundo Hernando, incapaz de sufrimiento, no reposaba un instante. Su imaginación le presentaba ya el cadalso a que le seguían sus compañeros, ya una oscura prisión en que como él gemía su amigo don Gómez; pero sobre todo las delicadas manos de la bella Leonor cargadas de pesados hierros era la idea que más le atormentaba. Entregándose otras veces a la más ciega esperanza, veía triunfantes las armas de Candespina, creía arrancar con sus propias manos a Leonor del poder de los satélites aragoneses; y la más dulce, la más grata de las recompensas que podía imaginar, era la mano de su dama. Ora prorrumpía en terribles maldiciones contra su destino, ora, y eran las más veces, imploraba uno después de otro a todos los santos del cielo, ofreciendo a este una novena, a aquel una misa para que milagrosamente le sacaran de allí. El señor de Nájara oía tranquilamente sus arrebatadas expresiones, o sus ruegos, y acababa siempre exhortándole a la paciencia, único recurso en verdad que entonces tenían, pero que Hernando no podía tomar a menos, decía él, que no le hiciesen enteramente de nuevo.

—Decid lo que queráis, don Diego —le decía Hernando—, decid lo que queráis, pero yo jamás podré acostumbrarme a vivir encerrado entre cuatro paredes.

—Os han de acostumbrar por fuerza —replicó el de Nájara.

—Noramala nos acordamos de cazar. Lo que más me mata es ignorar absolutamente qué es de la reina, de don Gómez y de..., de doña Leonor.

—La reina estará o presa, o en su palacio.

—Sí; por fuerza en alguna aparte estará, y no deseo yo a Su Alteza que esté como nosotros. Os juro por el santo de mi nombre que estoy desesperado.

—Y yo os lo creo, Hernando, sin que juréis; pero hiciérades mejor en sosegaros, que llevándolo con paciencia ganarais al menos para con Dios.

—Sí; bueno es rogar a Dios, pero mejor sería ayudarnos nosotros en algo, pues estándonos así siempre...

—¿Y está en nuestra mano hacer otra cosa?