—Parece que no; pero discurrid a ver si encontráis algún medio para salir de aquí.
—Que nos abran las puertas, y...
—El día que se abran acaso será para sufrir en un cadalso...
—Dios nos defienda: mas hágase su voluntad.
—Amén, amén; pero veamos, ¿no se podrían forzar los hierros de esta reja?
—A menos que por un milagro no tengáis de repente las fuerzas de Sansón.
—Cuerpo de mí; ¿y dos hombres que saben manejar lanza y espada han de morir aquí como perros? Más valiera que aquellos almogávares hubieran concluido con nosotros.
—Quién sabe. Tal vez el cielo nos prepara mejor suerte de la que pensáis.
—Tal vez, y entonces han de pagar aquel maldito día en que nos dejamos coger como en ratonera; si las armas de los leales llegan a sacarnos de aquí, si una vez vuelve mi brazo a blandir la lanza, ¡ah, señores aragoneses!, ajustaremos nuestras cuentas y no habéis de salir alcanzados en golpes; no.
—Norabuena: más quiero veros así.