—Oíd, don Diego, veis estos malditos vestidos de pieles que nos pusieron aquellos salteadores, los he conservado ambos desde aquel día; y hasta que se los haga poner uno por uno a todos los caballeros de Aragón no he de sosegar.
—¿Sabéis qué me ocurre?
—¿Qué?
—Que si una vez llegamos a poder salir de este encierro, esos vestidos facilitarían nuestra fuga.
—Cierto, si encontramos un medio...
—Puede ser.
—¡Dios mío!, y ¿cuál es?
—Esperad: dejadme pensar un poco.
—No; decid, decid, después pensaréis.
—Se trata de... Silencio: son nuestros carceleros..., después hablaremos.