«No tardaremos», dijo este entre sí, «en ver cuál de los dos lo es más».

—Puede ser —replicó el primer carcelero, sin dejar de reconocer el aposento—, puede ser que no tarden en verificarse tus deseos.

—¡Hola!, conque...

—Sí; dicen que los tratarán como merecen.

—Es decir, que les cortarán la cabeza.

—Eso mismo.

«¡Perro!», iba a exclamar Hernando; pero venturosamente pudo contenerse.

—No me pesaría —continuó el carcelero— que fuera pronto.

Y en esto, según la costumbre que se ha dicho tenían, terminada la requisa de la prisión, dejaron las linternas en el suelo y se aproximaron cada uno a la cama de un prisionero. Si hubiera sido posible ver el corazón de los dos caballeros castellanos en aquel crítico momento, sin duda que sin dejarse de hallar en ellos el valor que tan acreditado tenían en todas ocasiones, se hubieran visto la agitación y la zozobra inseparables del hombre en el instante de la ejecución de un proyecto arriesgadísimo, y del que dependen la libertad y la existencia. Los carceleros, satisfechos de que sus presos dormían, se volvieron ambos de espalda a los lechos de estos para dirigirse a tomar sus linternas y marcharse; pero en el mismo instante ambos caballeros se les arrojaron encima con no vista presteza, y asiéndoles fuertemente del pescuezo dieron con ellos en tierra antes que pudieran proferir palabra, ni volver en sí del asombro que tan repentino e inesperado ataque les causó.

—Si profieres un ay siquiera, eres muerto, miserable —decía Hernando al carcelero aragonés, poniéndole la rodilla al pecho, y amenazándole con su propio puñal que acababa de arrancarle, así como la daga; mientras que don Diego, teniendo al suyo en una posición semejante, le intimaba con sosegado continente que no se meneara si quería vivir.