—Toda resistencia es inútil, esclavos —dijo don Diego—: ya estáis desarmados, y los dos hombres con quienes tenéis que hacer valen algo más que vosotros estando en circunstancias iguales como ahora.
—Señor... —empezó a decir el que estaba a los pies de Hernando; pero este le echó mano a la garganta, y se la apretó con tanta fuerza que le hizo poner morado el rostro.
—Silencio, perro —le dijo—; silencio o va tu alma adonde debe estar, que es en los infiernos.
—Tenedlo vos sujeto a ese —añadió don Diego—, y vos, hermano, levantaos y tratad de desnudaros lo más pronto que sea posible si no queréis probar el temple de vuestro propio puñal.
Obedeció trémulo y consternado el carcelero a lo que se le mandaba; y luego que hubo concluido volvió a echarse en el suelo, adonde don Diego le ató pies y manos con las sábanas de su cama, tapándole la boca con un pañuelo, de modo que no podía moverse ni pedir auxilio.
La misma operación se hizo inmediatamente con el otro; pero fue ayudándole su vencedor Hernando a despojarse de sus vestidos con maneras harto desabridas, y haciendo brillar continuamente a sus ojos el terrible puñal.
El silencio de la noche, la escasa luz de las linternas, la terrible agitación de los cuatro actores, y hasta la misma desnudez en que quedaron dos de ellos, todo contribuía a dar a la singular escena que estamos describiendo un aire de sombría originalidad más fácil de concebir que de explicar. Desnudos pues ambos carceleros, y asegurados en la forma que del primero se dijo, se disfrazaron Hernando y don Diego con sus vestidos, sin olvidarse de las armas, ni menos del manojo de llaves que uno de ellos llevaba; y en seguida tomando cada uno de ellos un lío que de antemano tenían hecho y oculto, salieron de su prisión encomendándose a Dios fervorosamente; y cerraron después las puertas con las mismas precauciones que, para que quedasen seguros, hubieran podido hacerlo los dos carceleros cuyo papel representaban.
Ni Hernando ni don Diego habían visto de la cárcel en que estaban más que el cuarto que les servía de prisión, fuera del día que entraron en ella; pero la impresión que hizo en ellos aquel fue bastante para que, ayudados con la luz que llevaban y marchando con precaución, llegasen hasta el cuerpo de guardia, en el que los soldados dormían sosegadamente: atravesáronlo sin que el que estaba de centinela se lo estorbase, pues por el traje creyó ser los carceleros, y se pusieron en la calle.
Sin embargo de haber logrado esta dicha, su posición no dejaba de ser de las más críticas: en Soria no tenían más que enemigos; y si existía alguno que no lo fuese, para ellos era desconocido. Ignorando absolutamente cuanto pasaba fuera de su prisión, no sabían si la reina estaba o no en Soria, y aunque estuviese, pensaban con razón que dependiendo de su esposo no podría serles de ninguna utilidad. ¿Qué hacer? ¿A dónde dirigirse? ¿A quién pedir auxilio? Su fuga no podía ignorarse por largo tiempo; y los de la facción aragonesa pondrían en campaña un sinnúmero de satélites para buscar al señor de Nájara y al amigo del conde de Candespina. Todas estas, y otras reflexiones semejantes no menos embarazosas que desagradables, las iban haciendo entre sí los dos fugitivos, alejándose a paso largo de su prisión, y llevando por acompañamiento el ladrido de los perros, únicos vivientes que a tales horas andaban por las calles. Después de caminar así un cuarto de hora sin dirección marcada, dando vueltas por las calles de la ciudad, llegaron a una estrecha callejuela a espaldas de una iglesia; y pareciéndoles paraje seguro, se pararon en ella para tomar aliento y decidir qué era lo que debían hacer. Empezaron por despojarse de los vestidos de carceleros, ocultándolos entre un montón de piedras, y ponerse los de almogávares que con este intento habían sacado de la prisión; y después de haberse mutuamente propuesto y desechado varios planes como absurdos unos e impracticables todos, careciendo absolutamente de conocimiento del terreno y conexiones que pudieran auxiliarles, resolvieron ponerse en manos de la Providencia y aguardar que amaneciese, cosa que no estaba lejos, pues la noche se les había pasado con presteza en medio de sus sobresaltos y trabajos para ponerse en libertad.
No tardó mucho en efecto en venir la aurora; cesó el monótono son de los ladridos de los perros, y empezaron a abrirse las puertas de las casas: pero no se veía salir de ellas al pacífico labrador dirigiendo tranquilamente su yunta, sino a caballeros armados de punta en blanco, seguidos de sus pajes y escuderos; a simples soldados cubiertos con el morrión, embrazado el escudo y al hombro la pica; y a poquísimos ciudadanos, que en el aire silencioso y abatido no mostraban el natural desembarazo de los que exentos de penas caminan en su propia ciudad.