Todo esto lo observaban nuestros dos amigos con no poca sorpresa, admirándose al mismo tiempo de que nadie reparaba en su traje, que aunque no podía ser extraño en pueblo donde hubiese tropas aragonesas, era sin embargo por su naturaleza bastante a llamar la atención del vulgo; pero en esta parte cesó su asombro, viendo a poco que diferentes grupos de gentes vestidas como ellos, esto es, de verdaderos almogávares, atravesaban la ciudad en diferentes direcciones; y si no llevaban concierto marcial, porque en aquella tribu no se conocía, sin embargo, la hora, las armas, y el aire presuroso y afanado, parecían indicar que iban destinados a algún servicio militar.

Los dos fugitivos resolvieron reunirse a uno de aquellos grupos y seguirlo, pues al cabo de este modo llamarían menos la atención, y acaso podrían encontrar medio de salir de la ciudad. Como cincuenta de aquellos salvajes pasarían en banda cuando acababan de formar Hernando y don Diego el proyecto dicho, y uniéndose a ellos sin vacilar siguieron su movimiento, sin que ninguno los mirase ni reparara en su aparición. Poco tardaron en verse en la muralla y puerta de la ciudad: la banda hizo alto; su jefe conferenció algunos momentos con un caballero que allí estaba, para recibir órdenes sin duda, y en seguida salieron todos al campo con no poca satisfacción de los dos castellanos.

CAPÍTULO XI

En tanto que pasaba en Soria lo que llevamos referido, ardía el campo de los caballeros castellanos en continuas discordias. La poca actividad de don Alfonso y la insurrección de Galicia, aumentando el número de los conjurados, inspiraron a sus jefes sobrada presunción y confianza. El orgullo aristocrático de cada uno de ellos hacía que todos en particular creyesen o que eran acreedores al supremo mando, o al menos que podían obrar libre e independientemente de toda autoridad. El conde de Candespina era sin duda la persona a quien con menos repugnancia obedecían, y tal vez la fuerza de la opinión pública, que le era extremadamente favorable, y sus numerosos vasallos y partidarios, hubieran bastado a asegurarle una dominación tranquila, si el destino no le hubiese suscitado un terrible rival en la persona del conde don Pedro de Lara. Envanecido este con los dones de la fortuna, su ilustre nacimiento y la seductora presencia de que la naturaleza le dotó, no podía sufrir la idea de que hubiera quien en nada le fuese superior; pero escaso de la energía necesaria para poder luchar a cara descubierta con don Gómez, objeto perpetuo de su envidia, no descuidó ninguno de cuantos ardides y astucias se hallaron a su alcance para perjudicarle en la opinión del ejército. Nada es más fácil desgraciadamente que poner en oposición al que obedece con el que manda: cuántas incomodidades y fatigas son anejas al ejercicio de las armas; cuántas privaciones lleva consigo la guerra; y hasta la misma lentitud que la fuerza de las circunstancias imprimía a las operaciones de aquella campaña, fueron atribuidas mañosamente por los ocultos emisarios del de Lara a incuria o impericia del supremo caudillo.

El confuso y recatado murmurar del soldado, la taciturnidad de los oficiales subalternos, y la jactanciosa altanería de muchos de los caudillos, hicieron conocer a don Gómez que un genio enemigo de su dicha y de la independencia de Castilla se ocupaba en trastornar sus planes mejor combinados. La cólera y el dolor se disputaron la posesión de su alma por algún tiempo; mas venció al fin la prudencia auxiliada por el amor. Por el interés de la causa común y en beneficio de la reina, resolvió sacrificar sus resentimientos: reunió un consejo, manifestó en él las razones poderosas por las que no había juzgado prudente hacer más que bloquear a Soria, y añadiendo que le parecía harto pesada la carga del mando para llevarla solo, pidió que se le diese un colega que alternase en él; y suplicó, a pesar de saber los malos oficios que le debía, que este fuese el conde don Pedro de Lara. El consejo convino sin grandes dificultades en el nuevo nombramiento, y satisfecha por un momento la ambición del conde de Lara, pareció que las cosas volvían a tomar un aspecto más sereno. Los dos caudillos resolvieron de común acuerdo que cada uno de ellos tendría el mando durante ocho días, sirviendo este tiempo el otro como simple voluntario, para que de este modo pudiese haber más unidad en las operaciones. Llegado el turno del conde de Lara, deseoso de ganarse el amor de los soldados, y confiado en las pocas tropas que don Alfonso tenía en Soria, lo primero que hizo fue mandar mover el campo para estrechar el bloqueo y convertirlo según anunció en asedio, abandonando por consiguiente las primitivas posiciones en las montañas que don Gómez había tomado con el objeto de impedir la llegada de nuevos tercios enemigos; cosa harto fácil conservándose dueño de sus angostos desfiladeros, y casi imposible al contrario.

Los soldados, prontos siempre a juzgar por las apariencias, aplaudieron con entusiasmo lo que ellos llamaban el valor de su nuevo general; y el conde don Gómez, fiel a su contrato, vio dolorosamente pero en silencio perderse en un instante todo el fruto de su paciencia y talento. Siguió empero la marcha del ejército; presenció como este se acampaba con menos precaución de la que hubiera podido emplearse si el enemigo se hallase a cien leguas; y previó la ruina completa de Castilla.

Don Pedro Ansúrez, de quien no se dudará que tuviese espías en el campo castellano, oyó con el mayor placer la noticia de la división del mando entre los dos condes; pero su gozo llegó al colmo cuando supo el imprudente movimiento de don Pedro de Lara. Volvieron a renacer en su corazón las casi amortiguadas esperanzas del triunfo de los aragoneses; y una circunstancia tan imprevista como feliz, vino, por decirlo así, a sobrepujar sus más ardientes deseos. Hallábase una mañana ocupado en el examen de varios papeles relativos a asuntos del estado, envuelto en una especie de ropaje talar a manera de bata, de color escarlata ricamente bordada en oro, y cubierta la cabeza con un casquete del mismo color, cuando uno de sus criados se presentó diciéndole que uno de los hombres de armas que estaban de guarda en las puertas de la ciudad había venido a conducir a un castellano desertor del campo enemigo, quien absolutamente quería hablar con el conde en persona. Este, que no anhelaba otra cosa más que enterarse a fondo de lo que pasaba en los reales de los grandes de Castilla, mandó que entrase el prófugo sin demora, y se dispuso a emplear, para saber de la verdad, su conocida y admirable astucia. Pocos minutos tardó en hallarse el desertor en su presencia: era al parecer hombre de unos cuarenta años de edad, de recia y nervuda complexión, y a pesar de que en general su porte era grave y mesurado, se veía sin embargo en él cierta humildad que denotaba bien a las claras no ser su nacimiento de los más distinguidos; pero como quiera que sea, la tosca regularidad de sus facciones y la fría tranquilidad de sus miradas denotaban un alma intrépida y una conciencia tranquila, cosas bien opuestas a la justa nota de infamia que siempre ha llevado consigo el vil que abandona sus banderas. Todo esto lo observó el conde de Ansúrez en un instante: le miró atentamente con aquel aire escudriñador y altanero, propio del hombre constituido en alta dignidad con los que le son infinitamente inferiores: el castellano conservó su aire sumiso aunque no abatido, sufriendo con inalterable impavidez no solo aquella especie de examen preliminar, sino también el interrogatorio que le siguió inmediatamente.

Como es de presumir, quien rompió primero el silencio fue el conde, diciendo así:

—¿Quién sois?