—Un castellano; mi nombre es Millán.

—¿Érais soldado en el campo del conde de Candespina?

—Sí, señor, su vasallo y criado años ha.

—¡Santo cielo! —exclamó el conde pudiendo apenas contener su gozo—. ¿Criado del conde de Candespina?

—Sí, señor, lo he sido mucho tiempo...

—¿Y cómo habéis dejado su servicio?

—Me afrentó; juré vengarme, y lo cumpliré.

—¿Os afrentó? ¿Él, el conde de Candespina, tan decantado por su justicia e imparcialidad? Algún motivo daríais para ello, hermano.

—Ninguno, más que haber osado motejar su..., su traición al rey.

—¿Y por eso solo os afrentó?