—Que pongáis a la reina en nuestras manos.
—Y a doña Leonor de Guzmán —añadió Hernando.
—Pedís un imposible, contestó el conde don Pedro: la reina se halla ahora en su palacio en poder del rey su esposo, y doña Leonor en un convento en reclusión...
—El tiempo vuela, caballeros —dijo rompiendo el silencio por primera vez don Diego López; el tiempo vuela y los instantes nos son preciosos.
—Sobrada razón tenéis: omitamos inútiles digresiones: vais a conducirnos, conde de Ansúrez, a presencia de Su Alteza.
—¿Yo, don Gómez?... ¿Yo? ¿Y cómo puedo...?
—Vos podéis y lo haréis, o de no, vais a la eternidad antes de dos minutos. Jurad por los Santos Evangelios que ni con palabra, ni con gesto, ni con seña, ni por escrito, haréis acción que pueda descubrirnos, y vamos a seguiros al cuarto de la reina don Diego, Hernando y yo.
—Pero conde...
—¿Juráis o no?
Esta pregunta del conde fue acompañada con un gesto de Hernando tan significativo, que pareció decidir la perplejidad del conde, quien juró cuando le dijeron que jurase. Hiciéronle entender a mayor abundamiento, y para más garantía del cumplimiento de su promesa, que perdería la vida en el momento en que ni remotamente diese motivo a sospechar que iba a faltar a ella.