Mas como quiera que sea, lo cierto es que pasó en una ansiedad inexplicable algunas horas, hasta que poco después de medio día se presentó un criado anunciando que desde la muralla se descubría como regresaba a Soria la tropa que había salido aquella mañana de la ciudad.
—Vuelve corriendo a la puerta para que de ningún modo sean detenidos en ella; que vengan aquí sin pararse en parte alguna; y, sobre todo, que no se separe de la tropa ningún individuo. Todos sin excepción han de venir a mi presencia. Marcha; vuela.
Esto dijo el conde a su criado, quien partió como un rayo a poner sus órdenes en ejecución. Como media hora después se oyó un confuso rumor de armas en el zaguán de la casa, y subieron apresuradamente la escalera con Millán, un hombre armado de punta en blanco, mas sin espada ni otra arma ofensiva, que parecía venir preso, pues iba siempre seguido de dos almogávares que no se separaban un punto de él, y otros cuatro o cinco también almogávares. Apenas se sintieron los pasos en el salón, cuando entreabriendo el conde la puerta de su gabinete, el primer objeto que hirió su vista fue el armado caballero que hemos dicho, cuyo rostro no le permitió descubrir la visera del yelmo que llevaba calada; y pudiendo apenas hablar con el sobresalto, preguntó:
—Millán, ¿es él?
—Sí, señor: he cumplido mi palabra; el conde de Candespina está en vuestra presencia.
Estas últimas palabras las dijo ya Millán en el gabinete de don Pedro Ansúrez, en el cual entraron también cuantos le seguían. Inmediatamente uno de ellos cerró la puerta; dos, sacando los puñales, asieron al conde Ansúrez de ambos brazos, y poniéndole las puntas en el pecho le intimaron el silencio pena de la vida; y el caballero armado alzándose la visera dejó ver las nobles facciones del conde de Candespina.
—Traidores —fue la única palabra que pudo articular don Pedro Ansúrez.
—Aquí no hay ninguno más que tú —le replicó Hernando, que era uno de los supuestos almogávares que custodiaban al conde.
—Basta, Hernando: recordad vuestras promesas de prudencia. Conde don Pedro, el cielo es justo en sus decretos; los malos podrán triunfar un momento, pero tarde o temprano llega el día en que le dan cuenta de sus culpas: vuestra hora ha llegado tal vez. Preparábais un suplicio a un hombre sin más delito que el de amar a su patria; y habéis caído en su poder. Un solo medio os queda para salvaros, aceptadlo o resolveos a morir.
—¿Qué se exige de mí? —dijo el de Ansúrez, más muerto que vivo.