—La dicha de teneros a mi lado, caballeros, me ha hecho olvidar lo principal: Millán ejecuta lo que ya sabes, y vos, don Diego y Hernando, venid conmigo y os enteraré de un arriesgado proyecto cuya ejecución tengo por cierta contando con tales auxiliares como vos.

Dos soldados cedieron sus caballos a los dos caballeros, que montando en ellos y siguiendo a don Gómez hasta su tienda, que poco más allá del valle estaba, mudaron en ella de trajes y supieron del conde de Candespina cosas que el lector sabrá en los capítulos siguientes.

CAPÍTULO XIII

Volvamos por un momento a Soria. La noche de la fuga de los caballeros castellanos se pasó sin que los soldados que guardaban la prisión tuvieran de ella la menor sospecha. Los carceleros, imposibilitados de moverse ni gritar, no pudieron dar la alarma, y pasaron muchas horas en una verdadera agonía. Gran parte de la mañana siguiente se pasó del mismo modo, hasta que extrañando los soldados la falta de los carceleros a cuidar de sus presos, dieron parte de ella a su jefe, quien inmediatamente la puso en noticia del conde de Ansúrez; y este mandó a uno de los oficiales de su casa que fuera a reconocer la prisión. Así lo hizo, y después de haber registrado inútilmente todas las estancias de ella, para buscar las llaves del cuarto en que se suponía a don Diego y a Hernando, se decidió a forzar la puerta, y halló al castellano y al aragonés en el más lamentable estado. Tendidos en el suelo y atados de pies y manos, como se ha dicho, no podían hacer movimiento alguno; y a más, el paño con que a cada uno de ellos taparon la boca los prófugos, les embarazaba de tal modo la respiración que estaban como asfixiados, y si hubieran continuado así mucho tiempo, tal vez habrían perdido la vida; mas luego que pudieron respirar libremente recobraron el sentido e hicieron relación de su desgracia, adornándola, como es de costumbre, con todas cuantas circunstancias les parecieron más a propósito para excitar la compasión y disminuir la vergüenza de su vencimiento. El oficial del conde manifestó compadecerlos; pero no por eso dejó de conducirlos consigo a presencia de aquel, para que respondiesen a los cargos que tuviera por oportuno hacerles. Supo pues el conde de Ansúrez por boca de los mismos carceleros la fuga de los dos prisioneros que él estimaba en tanto, convenciéndole el demudado rostro de aquellos miserables, y la deposición del oficial de que estaban inocentes en tan desagradable acontecimiento. No es difícil figurarse que don Pedro vio con pesadumbre frustrarse las esperanzas que tenía de que un día pudieran serle útiles los dos caballeros en su poder; pero también es cierto que la idea de ser en breve dueño del caudillo y sostén del partido de la reina contribuyó no poco a mitigar su pena. Ordenó, empero, que se practicasen las más vivas diligencias para buscar en Soria a los dos fugitivos; pues en cuanto a que hubiesen salido de ella no lo temía, estando prevenido que nadie pudiera hacerlo sin un pase firmado de su propia mano. Inmediatamente se pusieron en campaña una multitud de aquellos hombres que en todas épocas y estados hay, ha habido y habrá, que tal vez son necesarios y útiles, mas que siempre llevan consigo una odiosidad inseparable de los servicios a que se les destina: es decir, que gran número de espías del conde don Pedro Ansúrez tomaron a su cargo averiguar el paradero de don Diego y Hernando, cosa que no podían lograr, porque cuando empezaron sus pesquisas ya los dos fugitivos estaban en salvo.

Esta circunstancia aumentó notablemente la inquietud con que don Pedro Ansúrez esperaba el regreso de Millán trayéndole prisionero al conde de Candespina, a quien contaba presentar en triunfo al rey, prometiéndose por ello no pocas mercedes. Hubiera dado todo el oro del mundo porque el tiempo apresurase su movimiento, apenas perceptible para él entonces; y era tal su impaciencia que estaba en el caso de aplicarle aquellos versos de Meléndez que dicen:

Los días, que confiado

quieres hora apresurar,

un tiempo te ha de pesar

que hayan tan presto llegado.