—¡Hernando! ¡Don Diego! —exclamó—: ¿sois vosotros o estoy soñando?

—No, conde, a Dios gracias, contestó Hernando corriendo a él y estrechándolo en sus brazos.

—Nosotros somos, dijo don Diego sosegadamente teniéndole la mano; y a fe que buen susto hemos pasado por vos toda esta mañana.

—¿Dónde está ese perro de Millán? —exclamó Hernando—: entregádmelo que yo haré justicia de él.

—Sosegaos, Hernando: las apariencias os han engañado: nunca me ha sido Millán más fiel que ahora.

—¿Conque por vuestra orden —dijo don Diego— ha ido a Soria?

—Sí, don Diego, por mi orden.

—¿Y es posible, don Gómez? —interrumpió Hernando.

—Suspended el juicio y no condenéis precipitadamente a vuestro amigo. Tanto me repugna como a vos valerme de mañas y arterías, pero con el conde don Pedro Ansúrez la espada es inútil, y si supierais en qué pie están las cosas en nuestro propio campo...

—Perdonad, conde, perdonad a vuestro amigo una indigna sospecha.