—Con tal que logre su fin.

—Por logrado: Millán conoce el terreno: llegamos a la tienda del de Candespina sin ser vistos...

—Y lo despachamos al otro mundo.

—Nada menos que eso. Viene a Soria con nosotros.

—Muy enterado estás.

—Cuando el conde daba a Millán las últimas instrucciones estaba yo presente, y por eso lo sé todo.

Por este orden continuaron discurriendo sobre la materia, dejando a don Diego y a Hernando perfectamente enterados de la inicua trama del conde de Ansúrez y Millán contra el noble don Gómez. De cólera les hervía la sangre en las venas; pero como dos hombres casi inermes nada podían hacer contra cincuenta bien armados, hubieron de resolverse a aguardar el momento crítico para emplearse en salvar a su común amigo, o morir en la demanda. Llegados al pie de una pequeña colina, mandó Millán hacer alto para subir a su cima, dijo, a ver si había enemigos en campaña, como en efecto lo hizo; y no contentándose con examinar los alrededores, desde lo más alto del terreno, bajó algún tanto de la pendiente del lado opuesto al en que estaban los aragoneses, desapareciendo por un breve rato a su vista. Poco tardó en volver a mostrarse de nuevo sobre la altura, y haciendo seña con la mano, rompió la marcha la tropa; y en breves instantes se halló también en la cima de aquella colina, una de las que rodeaban un pequeño valle que al pie de ella se veía. Bajaron a él los aragoneses y siguieron marchando sin ningún concierto, pues Millán les anunció que aún les quedaba que andar bastante para llegar a su destino; pero no tardaron en arrepentirse de su negligencia, pues habiendo llegado poco más o menos al centro del valle, vieron salir de las gargantas de los pequeños montes que lo formaban diversos destacamentos de caballería que dirigiéndose sobre ellos a todo escape, los rodearon completamente antes de que pudieran volver en sí de su asombro, ni menos concertarse para la defensa.

—Rendíos todos, o muertos sois —gritó un caballero, cuya voz era tan conocida como grata a los oídos de don Diego y Hernando—. Depónganse al momento las armas o a nadie se da cuartel —continuó el conde de Candespina, pues en efecto era él quien a la cabeza de un escuadrón de sus vasallos había sorprendido a los aragoneses.

Fácil es de presumir que estos se sometieron sin replicar a su mala suerte, porque los castellanos les eran superiores en número, y ellos esperaban tan poco aquel ataque, que aún habiendo sido tantos como sus enemigos no hubieran osado resistirles.

Todo esto fue obra de tan breves instantes que apenas dio tiempo a don Diego y a Hernando para que, arrojando al suelo los antifaces que les ocultaban el rostro, y atravesando con no vista precipitación la tropa de los consternados aragoneses, se presentasen al conde de Candespina, cuyo asombro fue indecible viéndolos en aquel punto y traje.