—Todo se le viene a la mano —contestó el otro.
—Y tanto; por dónde diablos se le ha antojado al conde de Candespina maltratar a un criado suyo para que este se pase a nosotros y nos lo ponga en las manos.
—¿Conque ese Millán es su criado?
—¿Pues qué, no lo sabías?
—¡Millán traidor! —dijo Hernando a don Diego—. Apenas puedo creerlo.
—Silencio y oigamos —replicó el señor de Nájara.
—Lo que oyes —continuaba el aragonés.
—Pues eso es venderlo como un Judas.
—Lo mismo. A decir verdad es una villanía.
—Ya se ve; pero el conde no repara en niñerías.