—Nada sería más conveniente.

—Os vestiremos de almogávares: idos a descansar, que mañana con la voluntad de Dios saldréis de aquí antes de amanecer.

—Y antes de medio día habréis visto al conde de Candespina.

—¡Dios lo haga! Y lo demás dejadlo por mi cuenta.

En efecto, a la mañana siguiente salió Millán a la cabeza de unos cincuenta hombres armados y cubiertos con traje de almogávares; pues el conde se obstinó en que no llevase menos de este número: pero la Providencia dispuso que aquel disfraz que hizo tomar a su gente el de Ansúrez para mejor logro de sus proyectos, sirviese únicamente para contrariarlos y favorecer la fuga de don Diego López y Hernando de Olea. Tan felices fueron estos, que acertaron a quebrantar su prisión precisamente la noche que precedió a la mañana señalada para la ejecución del pérfido proyecto del traidor Millán, y el grupo de supuestos almogávares a que hemos dicho se unieron, saliendo con él de la ciudad, era precisamente el de los hombres destinados a prender al conde de Candespina. Don Pedro Ansúrez había calculado muy bien que el traje de almogávares debía encubrir mejor el proyecto de los suyos; pues aunque aquellos montañeses formaban conocidamente parte del ejército aragonés, como solo se ocupaban en talar los campos e interceptar convoyes, sin atacar nunca a ningún cuerpo de tropas regulares, no podrían alarmar al campo castellano aunque fuesen vistos desde él.

Como media legua andarían, siempre con el mayor silencio siguiendo a Millán, quien a la cabeza de ellos marchaba con notable desembarazo y visible contento; pero ya a esta distancia de Soria, y no hallándose aún bastante próximos al enemigo para recelar el ser oídos, creyeron los aragoneses que podían permitirse alguna más libertad, y se trabaron entre ellos algunas conversaciones, cuyo objeto, como es fácil de presumir, fue la empresa a que iban destinados. Grande fue la sorpresa de los dos caballeros fugitivos oyendo a los que suponían almogávares hablar tan claro el castellano, que no les pudo quedar duda ninguna de que no pertenecían a la tribu errante cuyo traje vestían.

—Estos son aragoneses disfrazados y no almogávares —dijo Hernando al oído a su compañero.

—Callad —le contestó este con voz tan baja que apenas se oía—, callad, por vida vuestra, si no tenéis ganas de volver a la prisión de Soria.

Siguió Hernando tan saludable consejo, y le ayudó a no quebrantarlo el llamarle la atención lo que delante de él iban hablando, en voz inteligible aunque baja, dos aragoneses.

—Es imposible —decía el uno— que haya hombre más afortunado que el tal don Pedro Ansúrez.