—Porque eso sería renunciar a mi venganza.

—No lo entiendo.

—Quiero verle yo mismo caer en poder de sus enemigos; quiero presenciar su abatimiento; en una palabra, he jurado morir o traerle aquí por mi propia mano.

—Norabuena. ¿Qué gente necesitáis?

—Treinta hombres de armas.

—Pocos me parecen.

—Sobrados para una empresa como esta; y advierto a Vueseñoría que deben venir desmontados.

—Sepamos la razón.

—Porque el conde de Candespina ha situado sus pabellones en un paraje quebrado, donde no solo sería muy prolijo caminar a caballo, sino que es verdaderamente un imposible hacerlo sin ser descubiertos.

—Aguardad: para mayor seguridad iréis todos disfrazados con un traje que encubriendo las armas os haga menos visibles.