Y diciendo así, salió del aposento y condujo a Millán a otro en lo más apartado de la casa, donde habiéndole hecho entrar lo cerró con llave. En seguida puso un criado de centinela a la puerta con las más estrechas órdenes para no permitir que ninguna persona se aproximara a hablar con el castellano, y volvió a su gabinete, al cual hizo llamar a diversas personas de las que en su servicio le merecían mayor confianza para darles las instrucciones que en adelante se verán.
CAPÍTULO XII
Extraordinario fue el movimiento que hubo en la posada del conde don Pedro Ansúrez desde la llegada de Millán: todos los servidores del privado tenían cada uno su particular comisión, sin que ninguno, empero, supiera el motivo y objeto de lo que se le encargaba: mas esto no era para ellos en ningún modo nuevo, pues casi siempre les sucedía lo mismo. Lo singular es que don Pedro no pusiera en conocimiento del rey una noticia de tanta importancia; pero su interés le aconsejaba tenerla oculta por dos razones: primera, que decirla antes de haber completamente ejecutado su designio era llamar mucho la atención hacia Millán, haciendo que sobre él recayese todo el mérito de ella; y la segunda, que en caso de frustrarse, siempre achacarían al conde no haber puesto de su parte todos los medios conducentes para el logro.
Sirviéronse a Millán las comidas regulares en el aposento que le servía de cárcel, y ni él hizo la menor pregunta a los criados del conde, ni contestó más que por monosílabos a las que ellos se atrevieron a dirigirle. En vano el observador más perspicaz hubiera querido hallar la menor señal de agitación, temor ni remordimiento en el rostro del soldado: su frente despejada, su mirar sereno, y el sosegado comedimiento de todas sus acciones indicaban más bien el hombre honrado, pronto a correr un grave riesgo en defensa de la virtud, que al vil traidor, dispuesto a entregar en manos de sus más crueles enemigos a su natural señor. Don Pedro de Ansúrez, informado por sus criados de la tranquilidad de su prisionero, juzgó que nacía de las esperanzas que tenía de ver satisfecha su venganza; y se confirmó en la idea de llevar adelante aquella empresa. Vuelto a conducir Millán a la presencia del astuto conde, fue de nuevo interrogado por él sobre los mismos puntos poco más o menos que en su primera entrevista, pero de diferentes modos, contestando siempre lo mismo, sin que las sutilezas del de Ansúrez fueran poderosas a hacer que se contradijera en nada, ni se turbara un instante.
—Bien —dijo el conde después de más de una hora de conversación—, bien: estoy satisfecho de que obráis de buena fe. Decidme ahora dónde está situado el cuartel de vuestro antiguo amo.
—Ya he dicho a Vueseñoría, y lo repito, que yo conduciré a él a los que hayan de prenderle.
—Pero decidme dónde.
—No, señor.
—¿Y por qué?