—Más haré.

—Lo veremos.

Aquí suspendió el conde sus preguntas para entregarse al parecer a una profunda meditación: se levantó de la silla y empezó a pasearse lentamente por el aposento, parándose alguna vez para fijar la vista en el soldado, quien impasible como una estatua no movía pie ni mano, ni, como vulgarmente se dice, pestañeaba siquiera. Por fin, pasados algunos minutos, tomó el semblante de don Pedro aquella expresión positiva que denota haber decidido el camino que ha de seguirse en un asunto de grande importancia; y volviendo a tomar el hilo de la conversación, dijo a Millán:

—Oídme, hermano, y haced bien vuestras cuentas: cualquiera que sea el motivo por el que hayáis abandonado el campo de los rebeldes y venido a uniros a los leales, vuestra suerte está asegurada si cumplís con la obligación de un buen soldado; contentaos pues con esto, o si persistís en la oferta de poner al traidor conde de Candespina en poder de su rey, mirad qué garantías me ofrecéis...

—Mi cabeza responde si no salgo con la empresa.

—Acepto la fianza, y os ofrezco una buena recompensa si la lográis.

—Ver aquí al conde es la única que apetezco.

—Sea: yo me encargo de que no tengáis de qué quejaros si llegare a venir. Pero veamos cómo pensáis poner en práctica el tal proyecto.

—El conde, con un corto número de servidores, tiene su cuartel separado del resto del ejército los días en que, como ahora, no está a su cargo el mando; por la noche es extremada la vigilancia con que están los suyos, mas apenas amanece, la mayor parte se echan a dormir. Treinta hombres de armas guiados por mí podrían llegar hasta la misma tienda del conde sin ser vistos, y entonces...

—Estáis entendido. Seguidme.