—Los soldados dicen que asaltar a Soria.

—Loado sea Dios, que le faltan las fuerzas y le sobra la presunción. ¿Ha dejado algún cuerpo de tropas en la entrada de los montes?

—Ninguno.

—No tiene el rey don Alfonso quien le sirva mejor que el bueno de don Pedro. ¿Y qué hace en tanto el conde de Candespina?

—Andar errante como un aventurero.

—Mucho le gustan a su señoría los lances extraordinarios.

—Si Vueseñoría me auxilia, yo le prometo proporcionarle uno bien singular, y que podrá ser el último.

—¿Cómo?

—Trayéndole a Soria.

—Mucho prometéis.