—Insistid, os digo por última vez, o temblad —replicó ya ardiendo en cólera don Gómez.

No había recurso para don Pedro; estaba enteramente a merced de los enemigos, y hubo por lo mismo de obedecerles.

—Decid a la reina, mi señora, que el asunto de que tengo que hablarla es de tal importancia que no sufre demora, y que la suplico que se digne recibirme inmediatamente.

Ejecutó la dama este nuevo mandato, y trajo sin tardanza la orden de la reina para que entrase el mayordomo, lo que se ejecutó inmediatamente, siguiéndole los tres caballeros.

Doña Urraca estaba en efecto en el lecho, y su hermosura parecía mayor en medio del estudiado desaliño en que se hallaba. Ondeaba libre el cabello sobre la espalda, que apenas cubría un delgado cendal, y al incorporarse, cuando vio entrar al conde, dejó ver un talle que hubiera podido dar envidia a la misma diosa de la hermosura; el enojo por la demasía del mayordomo en empeñarse en verla contra su expresa voluntad, había encendido el color del rostro, pálido otras veces a causa de sus continuados disgustos; y, en una palabra, la figura de la reina de Castilla era en el momento de que hablamos la más seductora que puede imaginarse.

—¿Hasta dónde piensa el conde Ansúrez llevar el desacato y la injuria? —exclamó furiosa doña Urraca al entrar en su cuarto el mayordomo.

—Crea Vuestra Alteza, señora, que bien a mi pesar...

No pudo decir más, porque dentro ya de la estancia los tres castellanos, cerró Hernando inmediatamente la puerta, y sacando la espada se puso a ella de centinela sin proferir una palabra: la reina que vio aquella acción, y que ignoraba quiénes eran los que delante tenía, se horrorizó creyendo que semejante precaución no podía tener más objeto que el de llevarla presa, o tal vez el de atentar a su existencia; pues era tal la prevención odiosa con que miraba a su marido que le hacía la injuria de creerle capaz de acciones enteramente ajenas del ánimo de Alfonso el Batallador. Como quiera que fuese, lo cierto es que doña Urraca se asustó sobremanera, e interrumpió al conde en su discurso diciéndole con voz amortiguada:

—Traidor: ¿qué intentas?

—Sus intentos son vanos —contestó el conde de Candespina alzándose la visera—; deponga Vuestra Alteza todo temor.