—¡Dios de bondad! ¿Vos en Soria, conde?

—Sí, señora; mientras haya en mis venas una gota de sangre se consagrará al servicio de mi reina.

—Lo que importa —dijo el prudente don Diego— es que Su Alteza se vista y salgamos pronto de aquí.

—¿Dónde vamos?

—Al campo de Castilla, señora; no pierda Vuestra Alteza tiempo.

Vistiose la reina lo mejor y más de prisa que pudo, con no poco embarazo por verse precisada a hacerlo delante de aquellos caballeros; pero ellos con la debida discreción le volvieron la espalda en tanto que lo hacía, prefiriendo justamente cometer tal descortesía a ofender con sus miradas el pudor de su soberana. Aprovechando este intervalo se aproximó Hernando al conde de Ansúrez que, sumido en las más amargas reflexiones, parecía haberse convertido en fría estatua de mármol; tal era la estupidez con que miraba la escena que la fuerza le obligaba a presenciar, y asiéndole con no mucha afabilidad por un brazo, le dijo en voz que solo de él pudo ser oída:

—¿Dónde está doña Leonor de Guzmán?

—Ya he dicho que en un convento por orden del rey.

—¿En qué convento?

—En el de ***.