—¿Está muy lejos de aquí?
—No.
—Poned una orden por escrito para que la abadesa la deje salir inmediatamente.
—¡Una orden...!
—Sin réplica.
—¡Cómo abusáis de mi situación!
—Si no estuvieras en ella ya hubieras probado el hierro de la lanza de Hernando de Olea. La orden al momento; aquí hay recado de escribir, ponla.
—Sea.
Hizo el de Ansúrez lo que Hernando le mandaba; mas, temeroso este de que el conde le hubiese engañado, poniéndole en vez de la orden que pedía algún documento como la carta de Urías, y no sabiendo leer, cosa muy común en aquellos tiempos en todas las clases de la sociedad, y particularmente en la nobleza, cuyo exclusivo ejercicio era el de las armas, se dirigió a su amigo don Gómez, quien leyó el papel y vio que en efecto era una orden en toda forma; mas preocupado con su principal idea, que era la de salvar a la reina, no volvió a pensar en tal papel luego que se lo hubo devuelto al de Olea.
Es de advertir que a pocos instantes de estar en la estancia de la reina los caballeros castellanos, hizo el conde de Candespina que el de Ansúrez mandase desde la puerta a la dama que estaba de guardia en la antecámara que diese las órdenes convenientes para que lo más pronto posible se pusiese una litera para Su Alteza: obedeció la dama, y casi en el mismo instante en que doña Urraca acababa de vestirse anunciaron que estaba pronta la litera. La reina se cubrió con un manto negro, y salió llevando a su derecha a su mayordomo, a la izquierda al conde de Candespina, y detrás a don Diego y Hernando. La presencia del conde de Ansúrez alejaba todo género de sospecha, pues acostumbrados todos en Soria a mirarle como el favorito del rey, y a manera de gobernador de la reina, respetaban sus acciones, aun aquellas que salían del orden regular, como se veneran los arcanos de la Providencia; por lo mismo, aunque algunos cortesanos vieron salir a la reina con tan poco aparato, y en hora desusada, no lo extrañaron, o al menos si lo extrañaron guardaron silencio, pensando que se haría con acuerdo del rey.