El hecho es que salieron con la mayor felicidad del alcázar, entrando la reina en su litera y siguiéndola los mismos individuos. Apenas estaban en la calle, cuando el de Olea se dirigió de nuevo al conde de Ansúrez para preguntarle si una iglesia, que no tardaron en ver, era el convento en que se hallaba Leonor, y habiéndole respondido que sí, sin esperar a más se dirigió a él apresuradamente. Se informó en la portería, en la cual le confirmaron en la verdad de lo que el conde Ansúrez le había dicho; y habiendo hecho anunciar a la abadesa que se la buscaba de parte de este, bajó inmediatamente la buena religiosa, y vista la firma del conde no puso la menor dificultad en entregar a doña Leonor, a quien inmediatamente fue a buscar. La premura con que Hernando dijo a la abadesa que debía presentarse al conde aquella dama fue tal, que apenas la dio tiempo para ponerse un manto y bajar. ¿Quién podría explicar la alegría de Hernando, cuando abriéndose las puertas se presentó a su vista el objeto de todos sus pensamientos? No será mi pluma la que lo intente; para el que haya amado una vez toda explicación sobra, y para el que no, sería inútil. Así que Hernando creyó que ya las religiosas que habían salido a acompañar a doña Leonor no podrían oírle, se inclinó a ella y le dijo:

—Estáis en poder de un amigo; guiadme a las puertas de la ciudad y seréis libre.

—¡Será posible...! Es la voz que oigo...

—De Hernando de Olea.

—¿Y os habéis expuesto por mí...?

—A nada: dejemos eso. ¿Sabéis el camino a la puerta por donde se entra viniendo de Castilla?

—Sí, que no es esta la primera vez que he estado en Soria.

—Pues guiad y volemos, que temo que hemos de llegar demasiado tarde.

Y en efecto caminaron con tanta presteza que apenas sentaban el pie en el suelo. Ya en esto la litera con los que la seguían había llegado a la puerta de la ciudad, y en ella echó de menos el conde de Candespina a su amigo Hernando. Recordando entonces el papel que le había dado a leer en la cámara de la reina, se hizo cargo de que habría ido a buscar a doña Leonor, y temió que tal imprudencia le costase cara. Muy sensible le era tener que abandonar a su amigo en tan peligroso trance; pero la menor detención podía frustrar su ya casi conseguido y principal designio de sacar de Soria a doña Urraca, y por lo mismo, después de algunos instantes de meditación, se decidió a sacrificarlo todo al interés de la reina.

A la orden personal de don Pedro Ansúrez se abrieron las puertas, y él mismo se vio obligado a salir con la reina: Millán sin embargo se quedó con parte de la escolta en la puerta para esperar a Hernando, quien llegó como un cuarto de hora después con doña Leonor.