La idea que en aquel momento ocurrió a don Alfonso fue la de que doña Urraca, no pudiendo de otro modo sustraerse a su autoridad, se habría retirado al inviolable asilo de algún convento de religiosas: pensamiento plausible a primera vista; pero que debió desvanecerse con la consideración de que en tal caso lo primero que el conde de Ansúrez hubiera hecho sin duda sería ponerlo en noticia del rey. De todos modos se practicaron mil diligencias a cual más infructuosa, hasta que a un mismo tiempo dos circunstancias descubrieron la verdad del hecho. Los soldados que estaban de guardia en la puerta por la cual salió de Soria doña Urraca, notando que no cesaban de pasar por sus inmediaciones personas de la real servidumbre con aire presuroso y afanado, y movidos de la natural curiosidad, detuvieron a uno de aquellos criados para preguntarle la causa de su diligencia.
—La reina no parece en toda la ciudad —dijo el enviado.
—Ni es fácil —contestó un soldado—, no vengáis con chanzonetas, hermano, que pudierais viniendo por lana salir trasquilado.
—No me chanceo, caballeros, lo que digo es la pura verdad; más de tres horas hace que andamos buscando a Su Alteza inútilmente.
—Cuerpo de mi padre, y podréis buscarla hasta el día del juicio sin más provecho.
—¿Sabréis vos, señor soldado, por ventura, dónde está?
—Dónde está lo ignoro; pero puedo deciros dónde no está.
—Por san Pedro que me digáis...
—Lo que yo puedo decir es que no está en Soria.
—¿Cómo?