—Habiendo salido horas ha por esta puerta.

—¿Con quién?

—Con su mayordomo, dos caballeros armados de punta en blanco, y una tropa de almogávares.

—Las once mil vírgenes me amparen: acabad, por Dios.

—No sé más que a poco rato vino un caballero con otra dama encubierta, tomó un caballo, montó con ella y marchó como alma de sastre que llevan los diablos; y por último, que también se fueron en pos de él unos cuantos almogávares que esperándole estaban.

—¿Nada más?

—Nada más.

—Dios os guarde por la merced que me habéis hecho. Y diciendo así partió como un rayo a llevar las nuevas a palacio.

La otra circunstancia que hemos indicado fue la declaración de la abadesa del convento en donde doña Leonor estuvo en reclusión, sobre el modo con que había esta dama salido de él. De manera que a las ocho de la noche ya no le quedaba a don Alfonso ninguna duda de que su esposa había salido de Soria; y las apariencias eran de tal naturaleza que toda la culpabilidad recaía sobre el conde de Ansúrez. Don Alfonso maldecía la hora menguada en que depositó su confianza en el traidor conde; y si por desventura hubiera podido haberle entonces a las manos, parece posible que ni tiempo para justificarse le hubiera dejado.

Los guardas de la puerta fueron relevados y puestos en estrecha prisión por una culpa que no habían cometido ni podido evitar. Pero tal es la suerte de los débiles, siempre víctimas hasta de las flaquezas de los fuertes.