No era don Alfonso hombre cuyo enojo se limitara a simples amenazas; la saña que ardía en su pecho solo en la sangre de sus contrarios podía apagarse, y así resolvió hacerlo. Reunidos en poco tiempo en el alcázar los nobles aragoneses presentes en Soria, recibieron orden de hallarse dispuestos a salir con sus tropas al amanecer del siguiente día para pelear contra los castellanos. Dividiéronse los pareceres entre aquellos señores. Los jóvenes dejándose llevar por el ardor propio de sus pocos años, recibieron con indecible placer el mandato del rey; pero los más avanzados en edad, capaces de mayor reflexión, lo consideraban como imprudente. Las fuerzas de los castellanos eran en efecto considerables; la llegada de doña Urraca a su campo debía haber aumentarlo el entusiasmo de sus tropas; y el conde de Candespina era harto conocido por su pericia en el arte militar para que ni el mismo Alfonso pudiera lisonjearse de vencerle con fuerzas inferiores. No faltó quien hiciese estas y otras reflexiones semejantes al rey de Aragón, pero la ira le dominaba. El deseo de venganza triunfó de los avisos de la prudencia, y la salida contra los castellanos quedó irrevocablemente resuelta.

Por su parte los parciales de doña Urraca, que teniéndola ya consigo ninguna causa tenían para detenerse delante de Soria, movieron su campo hacia Burgos con todo el concierto y precaución posibles; pues aunque el conde de Candespina no quiso de ningún modo aceptar ostensiblemente el mando hasta que concluyese el plazo señalado en su pacto con el de Lara, sin embargo nada se hacía sin su acuerdo desde que se le vio tan favorecido de la reina.

Pocas horas llevarían de marcha cuando se recibió aviso de que se aproximaba a ellos aceleradamente un numeroso cuerpo de tropas a pie y a caballo, y nadie dudó de que fuese enviado por el rey de Aragón. La reina oyó aquella nueva con harto pesar; pero don Gómez le manifestó con tanta energía como brevedad que nada tenía que temer yendo en torno de ella tantos valientes castellanos; y autorizado competentemente pasó a dar las disposiciones necesarias para repeler al enemigo.

—A vos, conde de Lara —dijo el de Candespina—, toca como a principal caudillo velar directamente sobre la persona de Su Alteza. Tomad para ello los soldados que creáis necesarios, que, Dios mediante, yo haré con el resto de modo que don Alfonso, aunque venga en persona, no pueda estorbaros la marcha.

—Pésame en el alma —contestó el de Lara—, no poder quedarme aquí; mas pues así lo ha querido la suerte, sean en buen hora todas las glorias para vos.

—Consolaos, conde, que ocasiones sobrarán en que podáis acreditar vuestro brío.

—Así lo espero.

La reina continuó su marcha acompañada del conde de Lara, quien viéndose libre de la embarazosa presencia de don Gómez, empezó a dar libre curso a su carácter lisonjero.

—Preciso es, señora, confesar —decía a doña Urraca— que si es grande el valor del conde de Candespina, no lo es menos su buena estrella.

—¿Por qué?