—¿Y Vuestra Alteza lo pregunta? ¿Qué dicha puede apetecer un caballero mayor que la de consagrar sus servicios a la reina de Castilla, a la reina de la hermosura?

—No gusto de lisonjas, conde de Lara.

—Perdone Vuestra Alteza si mi lengua indiscreta ha ofendido su modestia; pero es tal la fuerza de la verdad...

—Dejemos eso, y decidme qué pensáis del resultado del combate que en este momento se está dando.

—Vuestra Alteza no puede dudar que será favorable a las armas de Castilla. Soldados que lidian por doña Urraca forzosamente han de vencer.

—Más que en otra cosa fío en la pericia de don Gómez.

La reina tenía razón. El conde de Candespina eligió tan bien sus posiciones para sacar partido de la ventaja que en el número tenía sobre los aragoneses que, a pesar de las acertadas medidas de don Alfonso, la victoria tardó poco en decidirse por los castellanos. Rechazados por todas partes los aragoneses volvían sin embargo a la carga repetidas veces, no perdonando sus jefes medio alguno para estimularlos al combate: mas todo fue inútil; los castellanos dieron sobre ellos con tal furia que, rotos los escuadrones enteramente, no les fue posible volver a rehacerse. El mismo don Alfonso, conociendo la imposibilidad de conseguir su fin, resolvió retirarse, y le fue menester emplear toda su ciencia y valor para poder hacerlo con los pocos que a su lado conservaban aún algún orden.

Conseguido su objeto, mandó don Gómez tocar retirada, mas Hernando de Olea, que en aquel combate, como en todos, había hecho prodigios de valor, se empeñó tanto en la persecución de los aragoneses que, separándose enteramente de los que le seguían, que no eran muchos, se vio rodeado de enemigos; y eran tantos los golpes que llovían sobre él, que hubiera sucumbido a no ser por el señor de Nájara. Este caballero, que aunque menos arrebatado no cedía en valor a Hernando, le había seguido muy de cerca y acudió a propósito para sacarle del eminente peligro en que se hallaba; uniéronse después con Candespina y todos juntos marcharon a encontrarse con la reina.

Esta seguía su marcha con no poco sobresalto, oyendo apenas las continuas y refinadas alabanzas que el conde de Lara la prodigaba, hasta que recibió noticias de la completa derrota de las tropas de su marido, que entonces ya, según algunos autores, empezó a saborear las lisonjas del galante conde, cuyo carácter no podía ser más a propósito para captarse su voluntad.