—Sutil estáis; pero al cabo no sabremos qué os ocupa tanto el pensamiento.

—Lo que siempre, señora; los intereses de Vuestra Alteza.

—¿Mis intereses? Yo os lo agradezco. ¿Y no me diréis qué punto de ellos es el que tan importante os parece que ni aquí podéis apartarlo de la memoria?

—¿Y cuándo se aparta Vuestra Alteza de ella? Pero Vuestra Alteza me permitirá que le haga presente que este paraje no es el más oportuno para tratar negocios de importancia.

—Sin embargo, habréis de decírmelo, pues aunque reina soy mujer y, como tal, curiosa.

—La voluntad de Vuestra Alteza es ley para mí.

—Decid, pues.

—Pensaba, señora, que don Alfonso no dejará de tener sus agentes en Compostela, y que la presencia de Vuestra Alteza en aquella ciudad sería muy útil para la pronta y mejor decisión del juicio en cuestión.

—No está mal pensado, conde de Lara, y yo os agradezco la solicitud; pero no me parece prudente dejar Castilla en este momento.

—Vuestra Alteza juzga con su acostumbrado tino, mas no sería imposible obviar ese inconveniente.