—No lo alcanzo.

—Por ejemplo, si Vuestra Alteza dejase en estos reinos una persona de toda su confianza, como el conde de Candespina, ¿no bastaría su presencia para mantenerlos en la debida obediencia?

—Pudiera ser.

—Verdad es que tendría Vuestra Alteza que privarse por algún tiempo de sus consejos: mas doña Urraca ¿de quién necesita para dirigirse?

—Pensaré en vuestro proyecto, que no me parece despreciable.

—Mis intenciones, al menos...

—Conde de Lara, estoy penetrada de ellas.

Así se terminó con no poco placer de don Pedro esta conversación. Lejos del conde de Candespina veía muy bien que no tardaría en ser pronto el privado de la reina, y una vez llegado a tal punto no contaba dejar espacio a su rival para perjudicarle.

La reina, por su parte, empezaba a cansarse de la estancia en Burgos, y tanto para variar de posición, como con la idea de acelerar su divorcio, resolvió su viaje a Compostela, anunciándoselo así al conde de Candespina la mañana misma que siguió a la noche del festín de que acabamos de hablar.

Don Gómez, a pesar de que sentía vivamente tener que separarse de la reina, no se atrevió a oponerse a su voluntad; y consintió, aunque no sin pena, en sacrificar sus intereses personales a los de doña Urraca. Esta se manifestó con él tan cariñosa en aquella ocasión, que poco le faltó ya al conde para arrojarse a sus pies y declarar abiertamente su pensamiento; se contuvo, sin embargo, reflexionando que aún era esposa de otro, y reservó para tiempo oportuno manifestar sus pretensiones. Siendo tan ajena la envidia del carácter de Candespina como la cobardía, no le alarmó la privanza del conde de Lara: conocía su infinita superioridad sobre él, y ni por el pensamiento le pasaba que la reina pudiera nunca escoger a don Pedro para marido.