—He debido hacerlo. Toda Castilla...
—Callad, noramala, y quitaos de mi presencia, o pesaros ha.
Volvió con esto el rey la espalda al conde, dejándole mohíno y pesaroso del mal efecto que produjo su mojiganga. Desde allí regresó a Valladolid, donde despreciado por todos los partidos, empleó a lo menos útilmente el resto de sus días fundando diversos establecimientos piadosos, y construyendo varios edificios públicos, entre los cuales el puente que aún existe en aquella ciudad.
La reina, en este intermedio, se había trasladado con toda su corte a Compostela, donde estaba su hijo del primer matrimonio, a la sazón aún muy niño. Don Pedro de Lara, que la acompañó en aquel viaje, era quien todo lo gobernaba en su casa. Insensiblemente y a fuerza de lisonjas llegó a adquirir tal ascendiente sobre el ánimo de doña Urraca que no sabía esta dar un paso sin su consejo. Poco a poco fue abandonando la aparente moderación de que al principio usaba: todo había de humillarse en su presencia, so pena de caer en desgracia el que osara resistirle; y no contento con avasallar a los que dependían de la corte de Castilla, quiso hacerlo del mismo modo con los grandes de Galicia. Pero aquellos magnates tenían sobrado orgullo para ceder, y tanto más cuanto que a la sazón no eran realmente súbditos de doña Urraca, pues al morir el padre de esta princesa legó en su testamento a su nieto don Alfonso el condado independiente de Galicia; y a más, como ya se ha dicho, le habían aclamado rey de Castilla sus tutores los condes de Traba. Estos, que eran dos hermanos de linaje esclarecido y gran poder en Galicia, no podían tolerar las altanerías del conde de Lara; diariamente había entre ellos competencias sobre la preferencia en los asientos en asambleas y funciones; de estas nimiedades se pasó, como de ordinario sucede, a cosas de mayor importancia; y, por último, ambos partidos se declararon la guerra abiertamente. Doña Urraca, cediendo a las sugestiones de su privado, jamás quiso tratar a su hijo más que como a conde de Galicia, y los hermanos Traba pretendían que el conde de Candespina le había reconocido en nombre de Su Alteza como rey de Castilla. De aquí resultó que los compostelanos empezaron a mirar con no poca animosidad a doña Urraca, y que por fin estalló el furor popular de una manera espantosa.
En ocasión de una fiesta que se celebraba en la metropolitana iglesia de Compostela, se empeñó el conde de Lara en que la reina había de ocupar asiento preferente al de su hijo don Alfonso, y aunque los tutores de este al principio oponían una obstinada resistencia, cedieron sin embargo a las súplicas del dignísimo arzobispo don Diego Gelmírez. Llegó en efecto el día de la fiesta, y la reina ocupó su asiento sin dificultad; pero apenas vieron los gallegos al niño don Alfonso pospuesto a su madre, cuando, arrebatados de saña, salieron del templo, y ya fuera de sí con la cólera, se amotinaron pidiendo a voz en grito la cabeza de don Pedro de Lara y trataron con sobrado desacato la persona misma de doña Urraca. Conoció esta, aunque tarde, su imprudencia, y entonces echó de menos por primera vez a su leal don Gómez. Concluido el oficio divino, se trató de salir de la iglesia; pero el populacho furioso la rodeaba: los mismos condes de Traba procuraban en vano calmar el tumulto, y empezaban a temer algún funesto acontecimiento.
La reina y sus damas más parecían cadáveres que personas vivientes; el conde de Lara, poseído de un terror pánico, no acertaba a proferir una palabra; y solos tres individuos conservaban alguna sangre fría en aquel trance, que eran el arzobispo, Hernando de Olea y su inseparable compañero don Diego López. Estos dos últimos opinaban que formando un escuadrón los cortesanos, saliesen espada en mano con la reina y sus damas; pero don Diego Gelmírez no quiso consentir en ello.
—Harta sangre de cristianos —dijo— ha sido derramada por cristianos; y los enemigos de Dios triunfan con nuestras criminales enemistades. En nombre del que todo lo puede os prohíbo hacer uso de las armas.
—Padre mío —le contestó la reina—, vuestra elocuencia podrá tal vez calmar a esos furiosos.
—Señora, mi elocuencia es ninguna; pero Dios, que ve la pureza de mis intenciones, hablará por su siervo.
—Sí —dijo por fin el conde de Lara—, habladles, santo pastor, y tal vez...