—Tal vez —interrumpió Hernando, no pudiendo ya contenerse—, tal vez valiera más que vuestras locuras no hubieran irritado a ese pueblo.

Iba el conde a contestar, mas el arzobispo y la reina interpusieron su autoridad, lo que acaso no hubiera bastado para detener a Hernando, ya ciego de cólera; pero doña Leonor asiéndole del brazo no tuvo más que decirle, con una voz que penetró hasta lo íntimo de su corazón, «¡Hernando mío!», y el irritado león se convirtió en manso cordero.

Salió sin perder tiempo el arzobispo a arengar al pueblo: el espíritu divino parecía inspirarle; sus razones eran concluyentes; mas el furor dominaba a los gallegos, y se obstinaron en que a nadie dejarían salir del templo más que a los sacerdotes, si no se entregaba a su venganza el conde de Lara. No faltó quien opinase entre los cortesanos que, pues la necesidad lo exigía, debía sacrificársele al interés general; mas ni la reina lo hubiera consentido nunca, ni aprobádolo la mayoría de aquellos caballeros. Probáronse en vano todos los medios imaginables para aplacar a los amotinados, y la ansiedad de la corte de doña Urraca no podía ser ya mayor, cuando el arzobispo imaginó un expediente tan ingenioso como arriesgado para él, con que salvar a los castellanos. Se despojó de sus sagradas vestiduras y cubrió con ellas al conde de Lara, quien a favor de este disfraz salió de la iglesia sin que nadie se lo estorbara, rodeado por los familiares del arzobispo, que tenían los curiosos a suficiente distancia para que no pudiesen conocerle; y pasado el tiempo que creyó bastante para que el conde, según habían concertado, saliese a caballo de Compostela, se mostró el mismo prelado al pueblo: le hizo relación del ardid de que se había valido para evitar que cometiese un crimen horrendo.

—Y si necesitáis absolutamente para calmar vuestra ira una víctima —dijo—, aquí me tenéis; pronto estoy a terminar, por complaceros, una vida que toda entera os he consagrado. Pero cuando el Dios de las venganzas me pregunte: «¿Qué has hecho del rebaño que te he confiado?». «Señor», diré, «el enemigo del género humano se ha apoderado de él, mis ovejas descarriadas corren ciegas a la perdición». Y entonces el Omnipotente, soltando la rienda a su irresistible enojo, dejará caer sobre vosotros todo el peso de su ira. La maldición de Dios... Pero no, compostelanos: aún es tiempo de reparar vuestras faltas. Acatad en la persona de doña Urraca la imagen de Dios en la tierra; dejadla salir libremente y yo imploraré para vosotros la divina misericordia.

Este breve discurso, las sugestiones caritativas de varios eclesiásticos que andaban mezclados entre el pueblo, y la idea de que ya se les había escapado el objeto principal de su venganza, redujeron a los rebeldes a términos más razonables, haciéndoles por fin consentir en dar libertad a la reina, con condición de que saliera en las veinticuatro horas de Compostela, reconociendo antes el título de rey de su hijo y su soberanía especial e independiente en el condado de Galicia. En todo consintió doña Urraca, y todo lo cumplió exactamente, pues suplicando al arzobispo el pronto despacho del pleito de su divorcio, salió aquella misma tarde para León.

Tales eran los aciagos sucesos del partido de doña Urraca en Galicia, mientras que el conde de Candespina, su leal servidor, lograba a fuerza de actividad, talento y política, reducir a su obediencia a Castilla y a León, y organizar un ejército capaz de hacer frente a don Alfonso, quien, habiendo hecho treguas con los navarros, era de presumir volviese las armas contra su mujer. Así lo hizo en efecto; pero sabedor de que doña Urraca se hallaba en Galicia, e ignorando el suceso por el que tuvo que ausentarse de aquel reino antes de lo que pensaba, se encaminó contra él. Derrotó completamente al ejército gallego, mandado por los hermanos Traba, y es posible que su hijastro hubiera caído en sus manos, si el arzobispo de Compostela no se hubiera refugiado con él en Portugal. Con noticia de estos acontecimientos trajo el conde de Candespina sus tercios a las fronteras de Galicia; pero la llegada del invierno terminó aquella campaña sin dar lugar a que castellanos y aragoneses viniesen a las manos, retirándose los primeros a sus cuarteles de invierno, y los segundos, ricos con los despojos de los infelices gallegos, a su patria. A pesar de la agitación continua en que las circunstancias tuvieron todo aquel tiempo a don Diego Gelmírez, no descuidó el íntegro prelado el examen del casamiento de doña Urraca con el rey de Aragón; y después de haberlo todo considerado con el tino y prudencia que le caracterizaban, declaró poco tiempo después de su regreso a Compostela, que en nombre del Sumo Pontífice decidía ser enteramente nulo el matrimonio de la reina de Castilla, promulgando su sentencia con las formalidades de costumbre.

CAPÍTULO V

Aprovechando el conde de Candespina las treguas que en aquellos tiempos daba el invierno a la guerra, fue a León, ciudad en que doña Urraca tenía entonces su corte, movido tanto por el deseo de verla como por el de empezar a disponer las cosas para su proyecto favorito; pues, disuelto ya el matrimonio de la reina, su pretensión era legal. La manera con que doña Urraca se había separado de él, prodigándole las señales del más sincero afecto, le hacía creer con fundamento que sus proposiciones serían favorablemente acogidas, y entregado a las más lisonjeras esperanzas dio vista a las torres de la ciudad de León; pero aún distaría una media legua de ella cuando salió a recibirle su fiel amigo Hernando de Olea. Pasada la alegría del primer momento, trabaron conversación como era natural sobre lo ocurrido en Galicia, y después de haber Hernando referido aquellos acontecimientos:

—Cómo ha de ser —dijo el conde—, ya no tiene remedio. Decidme ahora algo de vuestros asuntos: ¿cuándo os casáis con la bella Leonor?