—No se tardará mucho, don Gómez; por la reina ya estaría hecho, pero yo...
—¡Es posible! ¿Por vos, Hernando, se ha diferido?
—Sí, conde, por mí: ¿había yo de casarme sin estar vos presente? No por cierto.
—Conque en efecto la reina continúa interesándose por vos.
—¿Qué sé yo? No es todo oro lo que reluce.
—¿Cómo? No os entiendo.
—Ni es fácil; porque mientras habéis estado ausente son tantas las mudanzas que ha habido... Pero vos lo veréis por vuestros propios ojos.
—Explicaos, en nombre del cielo.
—No quisiera anticiparos un disgusto.
—Hernando, en nombre de la amistad que nos une, decidme qué es lo que se ha mudado.