—Todo: doña Leonor no goza ya de la privanza que antes con la reina; Hernando y don Diego López son respetados en la corte porque es fama que tienen muy larga la espada; el nombre de Candespina se pronuncia aún alguna vez en el alcázar, pero a modo de palabra de conjuro, en voz baja y como si fuera un delito.
—¡Qué me decís!
—¿Os sorprende? Es natural.
—Si me lo dijera otro que vos, no lo creyera.
—Mirad, conde, yo lo estoy viendo y apenas lo creo. Por lo mismo he ocultado en León vuestra llegada. Nadie en la corte sino don Diego y yo os espera: nadie está prevenido. Fácil os será, sorprendiéndolos, convenceros de mi verdad.
—¿Pero a qué atribuir tan extraña mudanza? Cuando la reina salió de Burgos...
—Cuando la reina salió de Burgos estaba muy reciente el servicio que acababais de hacerla, y no había tenido tiempo aún el vil don Pedro González...
—¡Hernando! ¡Hernando! ¿De un noble habláis así?
—Su nacimiento podrá ser noble; pero sus hechos son villanos. Siempre adulando al que tiene delante: siempre calumniando a los ausentes...
—Pero veamos...