—No hay más que ver sino que parece que ha hechizado a la reina. Perdóneme Dios; pero imposible es que no haya brujería.

—Dejad por la Virgen Santa eso, y decidme si, en fin, doña Urraca se ha mudado completamente.

—Pluguiera a Dios que yo me engañase; pero está desconocida. Castellar y Soria han desaparecido de su imaginación; no hay aragoneses que puedan contrastarla; y todo en el mundo se cifra en ese malaventurado don Pedro, que a fuerza de reverencias y palabras blandas la ha trastornado.

—¿Y es posible que haya caído en redes tan groseras?

—Es mujer, y...

—Teneos; es nuestra reina.

—Vos lo veréis.

—Podrá ser; pero nunca me olvidaré de que soy su vasallo.

—Ni yo, don Gómez; mas me duele ver que un miserable se lleve el fruto de vuestras fatigas.

—Dejémoslo a la mano de Dios, que él lo dispondrá como más convenga.