Razonando así llegaron a León. No dudaba el conde de la sinceridad de su amigo; pero como a pesar de todo el cariño que le profesaba no tenía la más alta idea de su penetración, dudó dar crédito a cuanto le refería, creyendo se hubiese fascinado por un exceso de amistad. Sin embargo, se engañaba: la privanza del conde de Lara era tan pública que no se necesitaba más que tener ojos para verla; y por otra parte, el frecuente trato con su futura esposa Leonor había civilizado, por decirlo así, a Hernando. De todos modos el conde, lleno de dudas harto fatales, hizo que su amigo anunciase a la reina su llegada; pidiendo al mismo tiempo permiso para presentarse a besar sus pies. Fue Hernando a desempeñar aquella comisión precisamente en un momento en que el conde de Lara se hallaba en compañía de la reina.

—¡Don Gómez en León! —exclamó algún tanto turbada doña Urraca.

—¿Sin consentimiento de Vuestra Alteza? —añadió imprudentemente Lara.

—¿Por ventura estaba desterrado el conde de Candespina? —le preguntó Hernando arrojándole una furiosa mirada al mismo tiempo.

—Y bien, decidle que puede desde luego presentársenos.

—Vuestra Alteza será obedecida.

Salió Hernando y quedaron solos la reina y Lara, pensativos además uno y otro. Por primera vez meditaba doña Urraca en qué había dejado que, bajo todos aspectos, adquiriese demasiado ascendiente en su espíritu el rival del conde de Candespina. Las pretensiones de este a su mano estaban autorizadas, no solo por sus recomendables prendas y servicios relevantes, sino además por la opinión del pueblo y el voto expreso de la mayoría de la nobleza; su conciencia decía a la reina que si algún hombre era acreedor a ser su esposo, sin duda había de ser el conde de Candespina; pero su inclinación hablaba a favor de Lara. Como hábil cortesano había de tal modo llegado a comprender don Pedro el carácter de doña Urraca que ella misma no se entendía tan bien como él. Debilidades, virtudes, inclinaciones, antipatías, de todo sabía aprovecharse, todo servía para sus fines. Sin embargo, la repentina llegada de su rival no dejaba de sobresaltarle. Don Gómez era hombre que tenía en sí tantos o más recursos que él para emplearlos en la intriga, si quería hacerlo; y si hasta allí había desdeñado tales medios, ¿quién aseguraba que en adelante haría lo mismo? Estas y otras reflexiones análogas ocuparon largo rato a doña Urraca y a don Pedro, hasta que pareciendo volver este en sí, dirigió en tono abatido la palabra a la reina de este modo:

—Vuestra Alteza me dará su permiso para que yo me retire.

—¿Y para qué? ¿Dónde vais?

—Señora, mi presencia en este momento, cuando no molesta, es al menos inútil.