—Si lo fuera, la reina os lo hubiera manifestado.

—No quiera Dios que yo ofenda a Vuestra Alteza; pero Vuestra Alteza va a recibir...

—¿Al conde de Candespina?

—Sí, señora, a ese mortal privilegiado que dos veces ha tenido la dicha de salvar a Vuestra Alteza; al que una vez fue propuesto para vuestro esposo.

—Vuestra presencia no me impedirá el recibirle.

—¡Señora!

—Quedaos.

—Por cuanto hay de sagrado suplico a Vuestra Alteza que me permita retirarme.

—¿No podré yo saber qué razones son las que producen tan extraña conducta?

—Permítame Vuestra Alteza que calle.