—No puede ser; explicaos.
—Vuestra Alteza quiere que yo mismo pronuncie mi sentencia de muerte.
—¿Qué estáis diciendo, conde de Lara? ¿Habéis perdido el juicio?
—Sí, señora, loco debo de estar pues he osado...
—¿Qué es lo que habéis osado?
—Voy a decirlo; pero al menos prométame Vuestra Alteza su indulgencia.
—Concedida; hablad.
—Y bien, señora, mi temeridad es inaudita: miserable mortal, me he atrevido a poner los ojos en el cielo. Amo, adoro, idolatro a Vuestra Alteza —dijo esto arrojándose a los pies de la reina—. Me habéis prometido indulgencia. Sabéis mi fatal secreto; queréis aún que presencie el triunfo del que...
—Basta; reportaos, que alguien se acerca —y humedecidos los ojos tendió la mano a Lara para ayudarle a levantarse.
Un hombre se acercaba en efecto, y era el mismo conde de Candespina. Jamás hubo personas más turbadas que la reina y los dos condes. El de Candespina a pesar de venir ya prevenido por Hernando, no quería dar crédito a sus ojos viendo la reserva de doña Urraca; esta, después de haberse informado de la salud de don Gómez, hizo rodar la conversación sobre asuntos políticos, con objeto de serenarse y disimular más bien su turbación; y Lara, recobrando en un instante su aire apacible y lisonjero, se mostró con el conde de Candespina como hubiera podido hacerlo su más sincero amigo.