La posición de los tres actores de aquella escena era tan violenta que no podía ser de larga duración. Don Gómez, que apenas acertaba a contener su enojo, fue quien primero pidió a doña Urraca permiso para retirarse, y ella, temiendo quedarse de nuevo a solas con Lara, le hizo seña para que saliese al mismo tiempo que el de Candespina. Salieron pues juntos ambos magnates de la cámara de la reina, absortos cada uno en reflexiones bien distintas en su especie: Lara, a quien no se ocultó la profunda emoción que causó en la reina su amorosa declaración, y que había presenciado la fría acogida que obtuvo su rival, rebosaba de júbilo y daba libre curso a los ambiciosos proyectos de su fantasía; Candespina, por el contrario, tocando la triste verdad de cuanto su amigo le había dicho, veía perdido todo el fruto de sus incesantes trabajos, sin saber a qué atribuirlo ni qué partido tomar. Todas las pasiones imaginables combatían a un tiempo su despedazado corazón, y a dar en hombre menos firme en la senda de la virtud, hubieran podido producir grandes trastornos en Castilla; pero el conde de Candespina no se desviaba jamás del camino recto. «Desconoce mi lealtad —decía entre sí—; paga mis servicios con frases estudiadas y vacías de sentido; prefiere el dulce veneno de la lisonja a la santa verdad que me es imposible ocultar. No importa: siempre es mi reina; mi vida es suya; consagrémosla a su servicio, y tal vez cuando yo no exista lograré al menos que mi memoria le cueste alguna lágrima».

Pero a pesar de toda su filosofía, aquel golpe fue mortal para don Gómez. Llegó a su casa tan demudado que los criados se asustaron al verle, mas él, asegurándoles que nada tenía de particular, se encerró en su cuarto dando orden que a nadie se dejase entrar, incluso al mismo Hernando de Olea. Así permaneció luchando entre mil afectos contrarios hasta el siguiente día por la mañana, que dio la orden de que todo se hallase dispuesto para salir de León antes de dos horas, y en seguida salió dirigiéndose al alcázar.

No había pasado aquellas veinticuatro horas doña Urraca muy agradablemente: la inclinación y el deber la indicaban dos caminos opuestos uno al otro. Su corazón se había ya decidido; pero la justicia clamaba contra aquella elección, y la reina no podía acallar el grito de su conciencia. Por otra parte no tenía a quien acudir pidiendo consejo; su confidente Leonor, apasionada y prometida esposa de Hernando de Olea, era demasiado parcial de Candespina para contar con ella; y las demás señoras que la servían, no habían llegado a adquirir suficiente confianza para depositar en ellas secreto de tanto peso. La reina no había querido recibir a nadie en particular, ni menos presentarse en público; pero cuando la anunciaron que el conde de Candespina solicitaba una audiencia, no se atrevió a negársela.

—Decidle que a nadie he recibido, pero que a él no sabré rehusarle que me hable cuando quiera —dijo a la dama que había entrado el recado, y cuando salió de la cámara añadió a media voz—: ¡cuán caros me cuestan tus servicios, conde de Candespina!

CAPÍTULO VI

Por más que un soberano quiera ocultar sus inclinaciones; por más estudio que ponga para que los que le rodean no conozcan quién es la persona que mayor afecto le merece, puede decirse que es casi imposible que los cortesanos no lleguen a descubrirlo. Únicamente ocupados en espiar las acciones del príncipe, son como la ligera veleta que varía de dirección a impulso del más apagado soplo del viento; el ensalzado conoce su fortuna en las adoraciones que los palaciegos le tributan antes que en los favores del soberano; y el pobre caído preverá su próxima desgracia, por poco tacto que tenga, en la imprudente altanería con que le tratarán. Decimos esto porque era curioso y deplorable a un tiempo observar la diversa conducta de la mayor parte de los cortesanos de Castilla respecto al conde de Candespina, antes de su ausencia y después de su regreso. Entonces no se hablaba más que de su valor y magnanimidad: el uno decía que era el mejor capitán de su siglo; el otro que no había hombre de estado que le igualase en saber; y el de más allá le citaba como el espejo de los caballeros. Todos se honraban con su amistad; haber hablado con el conde de Candespina un cuarto de hora seguido era una dicha de que se hacía el mayor aprecio, y el favorecido tenía cuidado de recoger las expresiones del héroe de Castellar para repetirlas como otros tantos apotegmas y textos sagrados. Un enjambre de hambrientas moscas no acude más presuroso a los panales que la multitud de los cortesanos corría en los salones del alcázar de Burgos a colocarse de modo que cada uno de ellos pudiera hacerse visible personalmente al libertador de la reina. Los menores movimientos de su rostro, una sonrisa, un gesto hecho impensadamente, el aire más o menos preocupado de su persona; todo daba pábulo a las conversaciones; todo producía interminables conjeturas. ¡Cuán diferente cuadro se hubiera presentado a la vista del observador en el alcázar de León!

Seguía el conde de Candespina a una dama de la reina que le guiaba a la cámara de su señora; y ambos caminaban tan despacio y tan cabizbajos que era imposible verlos sin adivinar que cada uno iba entregado a sus reflexiones particulares, prescindiendo absolutamente del otro. La más profunda tristeza se veía estampada en el rostro de Candespina: no había podido perder aquella fisonomía, su natural nobleza; mas tampoco conservaban sus ojos la generosa audacia que le caracterizaba en tiempos más dichosos. La posición de los cortesanos era verdaderamente crítica. Si otro cualquiera hubiese caído de la gracia de la reina, tenían ya marcada la senda que seguir, cortando con él todo género de comunicaciones y afectando tratarle con el más alto desprecio. Pero con el conde de Candespina les era imposible portarse de tal modo. Las razones eran muchas y muy claras: ciertamente el conde don Gómez había cesado de ser el favorito de la reina; pero estaba lejos de hallarse malquisto de ella. Lara era el más querido; Candespina el más estimado; aquel el más obedecido; este el más respetado. Tratar con desprecio al conde de Candespina era arriesgarse a probar los filos de su terrible tizona; conservar con él los mismos ademanes respetuosos que en otro tiempo era perderse para siempre con el conde de Lara. ¿Qué hacer, pues? ¿Cómo navegar en aquel mar sembrado de escollos? Un solo arbitrio les quedaba: la fuga; y en efecto lo adoptaron. Nunca bandada de tímidas palomas se dispersa con más prontitud al acercarse el milano; ni huye más ligero el ciervo acosado por los lebreles a la espesura del bosque como, al presentarse don Gómez por segunda vez en el alcázar, se dispersaban y huían los áulicos de su presencia, evitando hasta el tener que saludarle. Era de ver la perplejidad de los que más torpes o menos ligeros no pudieron evitar su encuentro de ningún modo: unos para salir del compromiso fingían hallarse sumamente acalorados en la discusión de cualquier punto; otros, no tan discretos, se resolvían a saludar, y nada más ridículo, nada más asqueroso, permítasenos la expresión, que la manera con que lo hacían. Temor, vileza, falsedad, todo se veía pintado en su mirar oblicuo, engañosa sonrisa y ademanes encogidos. En otra ocasión se hubiera el conde reído de ellos, pero entonces puede decirse que ni los vio. Sus esperanzas destruidas en un solo instante, la felicidad de Castilla comprometida, y la existencia política de la misma doña Urraca aventurada, confiándose las riendas del gobierno a su rival, le ocupaban exclusivamente; y así llegó a presencia de la reina, sin haber reparado en ninguno de cuantos encontró al paso.

No era posible presentarse a doña Urraca en ocasión más oportuna para los intereses del conde de Candespina: la especie de reclusión en que la reina pasó las veinticuatro horas que hemos dicho había dispuesto su espíritu de muy distinto modo que se hallaba el día anterior. Lara no la había podido ver de ningún modo: doña Urraca conocía su debilidad; recibirle y exponerse a que renovara la plática de su amor era arriesgarse a darle, a su pesar tal vez, esperanzas a cuya realización se oponían gravísimas razones. Quiso pues tomarse tiempo para fortificarse en la resolución de prohibirle que la requiriese de amores, y cuantas reflexiones hacía con este objeto redundaban en favor de don Gómez.

El semblante de este descubrió desde luego a la reina la agitación en que se hallaba; y como la causa de ella no podía tampoco ocultársela, se conmovió singularmente.