—Entrad, conde —le dijo—, y sentaos, que vuestra salud no parece mucho mejor que la mía.

—Mi salud, señora, es harto buena. ¡Ojalá!... Mas yo no vengo a molestar a Vuestra Alteza con quejas de mi mala suerte, y sí solo a tomar su venia para retirarme de la corte.

—¿Cuándo?

—Hoy.

—¿Por cuánto tiempo?

—Lo ignoro; acaso por siempre, a menos que Vuestra Alteza tenga necesidad de mi persona, que entonces...

—Será pues excusado que os marchéis; vuestra persona me es siempre útil.

—Señora, ¿en las circunstancias actuales y en León, de qué puede servir el conde de Candespina? Es sobradamente sincero para ser buen cortesano, y no faltan a Vuestra Alteza caballeros que en esta materia suplirán muy ventajosamente su falta.

—Conde don Gómez, con mucho menos de lo que habéis dicho bastaría para que la reina de Castilla dejara libre para marcharse de su corte a cualquier otro caballero de ella; pero a vos, a quien debo el trono y la vida...

—Olvide Vuestra Alteza servicios que ya están recompensados.