—¡Olvidarlos! ¡Jamás!

—Pues bien, señora, en premio de ellos no pido a Vuestra Alteza más gracia que su licencia para dejar la corte.

—¿Qué es esto, don Gómez? ¿Quién ha sido el que os ha dado causa...?

—Nadie, señora. Mi carácter solo... Negocios particulares. En fin, señora, es indispensable, aun para la tranquilidad de Vuestra Alteza misma, que yo me retire de León.

—Es forzoso decís para mi tranquilidad que os retiréis de León...

—Sí, señora: lo es; crea Vuestra Alteza a mi celo, el mayor servicio que actualmente puedo hacerla es alejarme de su presencia.

—Si os conociera menos, creería, don Gómez, que dominado de alguna manía incomprensible habíais perdido la razón; pero vuestra cordura me es notoria.

—Vuestra Alteza tiene demasiada bondad en ocuparse tanto de lo que nada vale. Mi ausencia de la corte es asunto de pequeña importancia. Días ha que falto de ella y no se me ha echado de menos.

—Conde, conde, a vuestro pesar se os conoce que os domina la cólera.

—¡La cólera! ¿Por qué, señora? ¿Por qué? Si la cólera me dominase medios habría de satisfacerla; mi brazo puede aún manejar una espada, aún soy...