—Conde, recordad con quién habláis.

—¡Ojalá no lo tuviera tan presente! Ved, señora, uno de los motivos por los que deseo separarme de la corte: criado en los campos de batalla, acostumbrado al trato sin dobleces ni arterías del simple soldado, el conde de Candespina no puede vivir en donde, perdóneme Vuestra Alteza que lo diga, la verdad es un crimen, la adulación una costumbre, la hipocresía una virtud necesaria. No, señora, yo no puedo, no debo quedarme. Cuando Vuestra Alteza vea sus reinos amenazados por enemigos interiores o extraños, entonces mi espada, mi persona, mi vida, serán las primeras...

—No lo dudo, don Gómez, vuestra lealtad me es conocida, y en favor de ella puedo olvidar la dureza de algunas de vuestras expresiones. Mi amistad...

—¡La amistad de doña Urraca! ¡Amistad, señora! Yo hubiera querido no estar largo tiempo en presencia de Vuestra Alteza. La disposición de mi espíritu es sobradamente violenta para poder contenerme...

—Y bien, decid cuanto queráis; pero calmaos.

—¿Qué es lo que he de decir? Lo que Vuestra Alteza está cansada de saber; lo que nadie ignora en Castilla.

—No alcanzo.

—Sí, señora, Vuestra Alteza lo sabe. ¿Por ventura tan pocos años hace que amo a Vuestra Alteza?

—Amarme, ¿y os atrevéis?...

—¿Por qué no? ¿Es un delito amar? Tormento podrá ser para el infeliz amador; ofensa para el amado, jamás. La barrera está ya rota, ahora Vuestra Alteza debe saber el resto: quizá de este modo se convencerá de que debo alejarme.